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La belleza

Tanta fanfarria y al final la belleza es algo que simplemente está allí. Un silencio. Un gesto. Un desvío en medio del ruido. François Cheng, escritor chino radicado en Francia, asegura en un ensayo sobre este tema: “la belleza siempre es un advenir, un advenimiento, por no decir una epifanía, y más concretamente un aparecer ahí”. Lo vemos en esta foto: en un rincón de San Petersburgo un retratista se concentra en los rasgos de una chica que podría haber sido modelo en un taller renacentista. Simetría, equilibrio, delicadeza: su rostro cumple cada uno de los preceptos de la belleza clásica. Pero hay algo más, y es lo indefinible de su mirada, la serenidad, cierto misterio. La belleza, dice Cheng, es un “advenir”, un tesoro fugaz e imposible de fijar –aunque intentemos apresarla todo el tiempo– que brilla, justamente, en el instante en que se hace presente.

Tanta fanfarria y al final la belleza es algo que simplemente está allí. Un silencio. Un gesto. Un desvío en medio del ruido. François Cheng, escritor chino radicado en Francia, asegura en un ensayo sobre este tema: “la belleza siempre es un advenir, un advenimiento, por no decir una epifanía, y más concretamente un aparecer ahí”. Lo vemos en esta foto: en un rincón de San Petersburgo un retratista se concentra en los rasgos de una chica que podría haber sido modelo en un taller renacentista. Simetría, equilibrio, delicadeza: su rostro cumple cada uno de los preceptos de la belleza clásica. Pero hay algo más, y es lo indefinible de su mirada, la serenidad, cierto misterio. La belleza, dice Cheng, es un “advenir”, un tesoro fugaz e imposible de fijar –aunque intentemos apresarla todo el tiempo– que brilla, justamente, en el instante en que se hace presente.

 Tanta fanfarria y al final la belleza es algo que simplemente está allí. Un silencio. Un gesto. Un desvío en medio del ruido. François Cheng, escritor chino radicado en Francia, asegura en un ensayo sobre este tema: “la belleza siempre es un advenir, un advenimiento, por no decir una epifanía, y más concretamente un aparecer ahí”. Lo vemos en esta foto: en un rincón de San Petersburgo un retratista se concentra en los rasgos de una chica que podría haber sido modelo en un taller renacentista. Simetría, equilibrio, delicadeza: su rostro cumple cada uno de los preceptos de la belleza clásica. Pero hay algo más, y es lo indefinible de su mirada, la serenidad, cierto misterio. La belleza, dice Cheng, es un “advenir”, un tesoro fugaz e imposible de fijar –aunque intentemos apresarla todo el tiempo– que brilla, justamente, en el instante en que se hace presente.  LA NACION

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