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“No sabíamos a qué nos enfrentábamos”: fue a Malvinas, se salvó de milagro y hoy en un lugar único encontró la paz que le sacó la guerra

En un día muy especial, a 43 años de la Guerra de Malvinas, en la pasividad de la siesta del campo, en Mercedes, Corrientes, los recuerdos siguen vivos en la memoria del exteniente coronel Ernesto Peluffo, un correntino de pura cepa. Con 63 años, rememora cada detalle de su paso por el conflicto del Atlántico Sur. Desde ese entonces lo conocen como “Cicatriz”, por la herida que sufrió en combate, la que luce con orgullo porque es su “condecoración visible”.

De niño, la vida de Peluffo transcurrió entre los traslados a diferentes ciudades por la profesión militar de su padre y los veranos en la estancia La Concepción, de Itá Pucú, de su abuelo materno Meabe, donde mamó las tradiciones camperas. Aun así, a la hora de elegir su vocación, la estirpe militar de su familia paterna inclinó la balanza hacia el lado del servicio a la Patria. Su destino estaba trazado y en 1979 ingresó al Colegio Militar de la Nación.

“Volvimos a perder todo”: enfrentaron una catástrofe, estaban en plena reconstrucción y otra vez el agua les llevó todo

“Mi papá era militar de infantería, como yo. Mi abuelo también fue militar, incluso llegó a ser general y ministro de Relaciones Exteriores y Culto del presidente Farrell. Siempre tuve inquietud por la historia argentina y las epopeyas de la Independencia. Mi abuela me contaba cuentos y sucesos de diferentes personajes como la del coronel Pringles o del soldado Falucho. Todo eso me motivó a seguir la carrera militar, que, debido a la guerra, nuestra promoción se adelantó y nos recibimos el 7 de abril de 1982”, cuenta Peluffo a LA NACION.

Con apenas 20 años, lo destinaron al Regimiento de Infantería 12 en Mercedes, Corrientes. Y, con ese escuadrón partió a Malvinas, sin imaginar lo que les esperaba. “Nos dijeron que íbamos a defender la Patria, pero no sabíamos a qué nos enfrentábamos realmente”, recuerda.

Ernesto Peluffo junto a su compañía del Regimiento 12 de Mercedes, Corrientes, pasaron 34 días en la isla Soledad

Después de un largo viaje y en medio de un clima hostil y un terreno desconocido, el 25 de abril de 1982 llegaron a las islas. Ahí nomás fueron trasladados a Darwin y Goose Green en helicópteros. “Fuimos parte del componente terrestre que reforzó la defensa de las islas. Viajamos en Aerolíneas Argentinas, sin asientos, sentados en el piso del avión, tomándonos de los brazos. Solo llevábamos el equipo individual, sin los vehículos, cocinas, ni morteros pesados. Al principio, el clima no era tan frío, pero desde el 1° de mayo se desataron tormentas y vientos helados. El frío calaba hasta los huesos. Éramos chicos jugando a ser soldados”, describe.

Los 34 días en la isla Soledad

Las noches se pasaban en los “pozos de zorro”, trincheras cavadas en la tierra y, a la falta de abrigo, se sumó la escasez de comida. Peluffo fue testigo en primera persona de la crudeza del conflicto. “Por el bloqueo británico, nos restringieron a una sola comida diaria. Bajamos mucho de peso y el frío se sentía más. Dormíamos en posiciones de combate, con temperaturas bajísimas, y sin baterías para las linternas, armábamos candiles con gasoil”, describe.

“El hambre y el frío eran tan terribles como las balas enemigas. El enfrentamiento con las tropas británicas era constante y despiadado. Nos escondíamos en pozos de zorro, rezando para que las bombas no nos alcanzaran. Uno de los momentos más aterradores que viví fue cuando quedé atrapado bajo el fuego enemigo. Pensé que no saldría con vida. La muerte nos rodeaba todo el tiempo”, agrega.

Pese a tener casi la misma edad de sus soldados, Peluffo siempre trataba de hablarles y alentarlos. Pero lo más reconfortante era cuando de lejos se veía avanzar al capellán Santiago Mora que siempre estaba para darle fuerzas para seguir. Llegaba temprano con una bolsa rancho llena de cartas, caramelos, rosarios y Biblias. “Un día me dio una y me dijo: ‘Peluffito, leéles a tus soldados. Fue un apoyo espiritual enorme para nosotros. Todo ese tiempo viví en estado de gracia”, rememora. El 4 de mayo, durante una misa de campaña, fueron atacados por aviones británicos. “El padre Mora no se movió. Se quedó de rodillas junto al altar improvisado con cajones de madera vacíos. Una bomba cayó a 20 metros y no explotó. Luego del ataque, entre sapucay y gritos de ‘Viva la patria’, nos dio la comunión pozo por pozo”, recuerda con emoción.

Luego de la guerra, pensó en dejar el Ejército, quería irse por todo lo que había visto, pero finalmente se quedó y pasó de subteniente a coronel hasta su retiro en 2017

El combate de Darwin

Pasaban los días hasta que el 28 de mayo los británicos decidieron atacar con más rudeza a las distintas compañías que estaban en la zona. “Ni bien amaneció, nos bombardearon con fuego de artillería y morteros. A la orden ‘fuego libre’, también nosotros comenzamos a tirar y peleamos cuerpo a cuerpo con lo que teníamos, porque en verdad el correntino nunca recula. Durante el combate, un proyectil impactó en mi casco y lo perforó. Me agarró de refilón a mi cráneo y me sacó parte de la oreja. Sentí el golpe y un estruendo como si estuviera dentro de una campana y caí desmayado dentro del pozo. Estoy convencido de que la Virgen me protegió, creo que la mano de ella estaba arriba del casco”, detalla.

Aun recuerda esas palabras de un soldado que bajó al pozo de zorro, donde estaba. Se le acercó, le sacó el casco y, para darle aliento, le dijo en su lenguaje entrecortado y atravesado: “No se aflija mi subteniente, el cuero nomá e, el cuero” [en alusión a que el proyectil solo había tocado la piel]. Luego, le vendó la cabeza y lo tapó con una manta.

Y esa orden que nunca quiso que se diga, llegó: “Alto el fuego” y un soldado ató un repasador blanco al fusil y con decisión lo alzó en alto. Después de cuatro horas de combate, era el final. “Tuvimos 13 muertos y más de 20 heridos. Éramos un regimiento de conscriptos, sin armas adecuadas ni recursos suficientes, enfrentando a la segunda potencia mundial con apoyo de la primera. Aun así les causamos bajas y luchamos con valentía. Finalmente fuimos superados, tomados prisioneros y trasladados a un campo de detención en San Carlos. Ahí pasamos días duros hasta que nos llevaron de vuelta en barco al continente”, afirma.

Aun recuerda aun esas palabras de un soldado que se le acercó en ese momento. Le sacó el casco y le dijo para darle aliento: “No se aflija mi subteniente, el cuero nomá e, el cuero”. Luego le vendó la cabeza y lo tapó con una manta

En silencio regresaron en barco y lamentó que no hubiera nadie esperándolos: “Nos mandaron a nuestras casas sin reconocimiento. Muchos quedamos con heridas, visibles e invisibles. La guerra nos marcó a todos”.

Al regresar al país, fue internado en el Hospital Naval de Puerto Belgrano, donde le realizaron cirugías reparadoras. Más tarde, pasó por Campo de Mayo para estudios médicos y luego obtuvo una licencia por sus heridas.

Tras la rendición argentina el 14 de junio de 1982, Peluffo sintió que el país que dejó atrás ya no era el mismo. “Nos recibieron con silencio y olvido. Volví a Corrientes a ver a mi familia. Mis abuelos sufrieron mucho durante la guerra, especialmente mi abuela, que imaginaba lo peor”, señala.

Luego de la guerra, pensó en dejar el Ejército, quería irse por todo lo que había visto y vivido, pero finalmente se quedó. También se casó y tuvo hijos. Pasó de subteniente a coronel y se retiró en 2017. Hoy sigue contando su historia para que no se olvide: “Malvinas fue un sacrificio enorme, pero también fue un acto de amor a la Patria. No importa cuántos años pasen, las Malvinas siempre serán argentinas”.

Pese a todo, encuentra en el testimonio una forma de sanar, busca mantener viva la memoria de los caídos y recordar que la guerra deja heridas que el tiempo no borra: “No quiero que la historia se repita ni que las nuevas generaciones olviden lo que pasó”.

De la guerra a la paz del campo

Actualmente, Peluffo vive en Mercedes, Corrientes, en el campo que heredó al que lo llama “El tranquilo”, por esa paz que tanto añoró. Allí hace ganadería y tiene una cabaña Braford llamada “Che Taitá”. Siente que así también se sirve a la Patria. “El campo era de mi mamá y yo venía solo de vacaciones. Después de retirarme y de que ella falleciera, hicimos la sucesión y me quedé con una fracción. Ahí decidí dedicarme de lleno a la producción ganadera”, cuenta.

“Me levanto temprano, recorro el campo a caballo y trabajo con la hacienda. También tengo ovejas y caballos. Este estilo de vida me da tranquilidad y paz, algo que después de la guerra valoré mucho. Cuando volví de Malvinas, me preguntaba por qué sobreviví. Muchos de mis soldados murieron, y yo sentía que debería haber caído con ellos. Pero luego entendí que mi misión era dar testimonio del valor y coraje de nuestros hombres. La vida en el campo me da serenidad. Me recuerda a mi infancia, a mi abuelo, que nos inculcó el amor por la tierra”, añade.

En la manga de su campo, Peluffo realiza las labores ganaderas

Aunque los fantasmas de Malvinas de tanto en tanto aún lo visitan, ha encontrado una manera de sobrellevarlos: “Para no seguir metido en el pozo de zorro, tuve que dar vuelta la página y continuar con mi vida. Me ayudó mucho saber que mi experiencia podía servir para que no se olvide el sacrificio de tantos soldados. Hoy estoy tranquilo, en mi lugar en el mundo: el campo rodeado de animales. Así quiero seguir. Aun así, Malvinas vive en mí”, finaliza.

En un día muy especial, a 43 años de la Guerra de Malvinas, en la pasividad de la siesta del campo, en Mercedes, Corrientes, los recuerdos siguen vivos en la memoria del exteniente coronel Ernesto Peluffo, un correntino de pura cepa. Con 63 años, rememora cada detalle de su paso por el conflicto del Atlántico Sur. Desde ese entonces lo conocen como “Cicatriz”, por la herida que sufrió en combate, la que luce con orgullo porque es su “condecoración visible”.

De niño, la vida de Peluffo transcurrió entre los traslados a diferentes ciudades por la profesión militar de su padre y los veranos en la estancia La Concepción, de Itá Pucú, de su abuelo materno Meabe, donde mamó las tradiciones camperas. Aun así, a la hora de elegir su vocación, la estirpe militar de su familia paterna inclinó la balanza hacia el lado del servicio a la Patria. Su destino estaba trazado y en 1979 ingresó al Colegio Militar de la Nación.

“Volvimos a perder todo”: enfrentaron una catástrofe, estaban en plena reconstrucción y otra vez el agua les llevó todo

“Mi papá era militar de infantería, como yo. Mi abuelo también fue militar, incluso llegó a ser general y ministro de Relaciones Exteriores y Culto del presidente Farrell. Siempre tuve inquietud por la historia argentina y las epopeyas de la Independencia. Mi abuela me contaba cuentos y sucesos de diferentes personajes como la del coronel Pringles o del soldado Falucho. Todo eso me motivó a seguir la carrera militar, que, debido a la guerra, nuestra promoción se adelantó y nos recibimos el 7 de abril de 1982”, cuenta Peluffo a LA NACION.

Con apenas 20 años, lo destinaron al Regimiento de Infantería 12 en Mercedes, Corrientes. Y, con ese escuadrón partió a Malvinas, sin imaginar lo que les esperaba. “Nos dijeron que íbamos a defender la Patria, pero no sabíamos a qué nos enfrentábamos realmente”, recuerda.

Ernesto Peluffo junto a su compañía del Regimiento 12 de Mercedes, Corrientes, pasaron 34 días en la isla Soledad

Después de un largo viaje y en medio de un clima hostil y un terreno desconocido, el 25 de abril de 1982 llegaron a las islas. Ahí nomás fueron trasladados a Darwin y Goose Green en helicópteros. “Fuimos parte del componente terrestre que reforzó la defensa de las islas. Viajamos en Aerolíneas Argentinas, sin asientos, sentados en el piso del avión, tomándonos de los brazos. Solo llevábamos el equipo individual, sin los vehículos, cocinas, ni morteros pesados. Al principio, el clima no era tan frío, pero desde el 1° de mayo se desataron tormentas y vientos helados. El frío calaba hasta los huesos. Éramos chicos jugando a ser soldados”, describe.

Los 34 días en la isla Soledad

Las noches se pasaban en los “pozos de zorro”, trincheras cavadas en la tierra y, a la falta de abrigo, se sumó la escasez de comida. Peluffo fue testigo en primera persona de la crudeza del conflicto. “Por el bloqueo británico, nos restringieron a una sola comida diaria. Bajamos mucho de peso y el frío se sentía más. Dormíamos en posiciones de combate, con temperaturas bajísimas, y sin baterías para las linternas, armábamos candiles con gasoil”, describe.

“El hambre y el frío eran tan terribles como las balas enemigas. El enfrentamiento con las tropas británicas era constante y despiadado. Nos escondíamos en pozos de zorro, rezando para que las bombas no nos alcanzaran. Uno de los momentos más aterradores que viví fue cuando quedé atrapado bajo el fuego enemigo. Pensé que no saldría con vida. La muerte nos rodeaba todo el tiempo”, agrega.

Pese a tener casi la misma edad de sus soldados, Peluffo siempre trataba de hablarles y alentarlos. Pero lo más reconfortante era cuando de lejos se veía avanzar al capellán Santiago Mora que siempre estaba para darle fuerzas para seguir. Llegaba temprano con una bolsa rancho llena de cartas, caramelos, rosarios y Biblias. “Un día me dio una y me dijo: ‘Peluffito, leéles a tus soldados. Fue un apoyo espiritual enorme para nosotros. Todo ese tiempo viví en estado de gracia”, rememora. El 4 de mayo, durante una misa de campaña, fueron atacados por aviones británicos. “El padre Mora no se movió. Se quedó de rodillas junto al altar improvisado con cajones de madera vacíos. Una bomba cayó a 20 metros y no explotó. Luego del ataque, entre sapucay y gritos de ‘Viva la patria’, nos dio la comunión pozo por pozo”, recuerda con emoción.

Luego de la guerra, pensó en dejar el Ejército, quería irse por todo lo que había visto, pero finalmente se quedó y pasó de subteniente a coronel hasta su retiro en 2017

El combate de Darwin

Pasaban los días hasta que el 28 de mayo los británicos decidieron atacar con más rudeza a las distintas compañías que estaban en la zona. “Ni bien amaneció, nos bombardearon con fuego de artillería y morteros. A la orden ‘fuego libre’, también nosotros comenzamos a tirar y peleamos cuerpo a cuerpo con lo que teníamos, porque en verdad el correntino nunca recula. Durante el combate, un proyectil impactó en mi casco y lo perforó. Me agarró de refilón a mi cráneo y me sacó parte de la oreja. Sentí el golpe y un estruendo como si estuviera dentro de una campana y caí desmayado dentro del pozo. Estoy convencido de que la Virgen me protegió, creo que la mano de ella estaba arriba del casco”, detalla.

Aun recuerda esas palabras de un soldado que bajó al pozo de zorro, donde estaba. Se le acercó, le sacó el casco y, para darle aliento, le dijo en su lenguaje entrecortado y atravesado: “No se aflija mi subteniente, el cuero nomá e, el cuero” [en alusión a que el proyectil solo había tocado la piel]. Luego, le vendó la cabeza y lo tapó con una manta.

Y esa orden que nunca quiso que se diga, llegó: “Alto el fuego” y un soldado ató un repasador blanco al fusil y con decisión lo alzó en alto. Después de cuatro horas de combate, era el final. “Tuvimos 13 muertos y más de 20 heridos. Éramos un regimiento de conscriptos, sin armas adecuadas ni recursos suficientes, enfrentando a la segunda potencia mundial con apoyo de la primera. Aun así les causamos bajas y luchamos con valentía. Finalmente fuimos superados, tomados prisioneros y trasladados a un campo de detención en San Carlos. Ahí pasamos días duros hasta que nos llevaron de vuelta en barco al continente”, afirma.

Aun recuerda aun esas palabras de un soldado que se le acercó en ese momento. Le sacó el casco y le dijo para darle aliento: “No se aflija mi subteniente, el cuero nomá e, el cuero”. Luego le vendó la cabeza y lo tapó con una manta

En silencio regresaron en barco y lamentó que no hubiera nadie esperándolos: “Nos mandaron a nuestras casas sin reconocimiento. Muchos quedamos con heridas, visibles e invisibles. La guerra nos marcó a todos”.

Al regresar al país, fue internado en el Hospital Naval de Puerto Belgrano, donde le realizaron cirugías reparadoras. Más tarde, pasó por Campo de Mayo para estudios médicos y luego obtuvo una licencia por sus heridas.

Tras la rendición argentina el 14 de junio de 1982, Peluffo sintió que el país que dejó atrás ya no era el mismo. “Nos recibieron con silencio y olvido. Volví a Corrientes a ver a mi familia. Mis abuelos sufrieron mucho durante la guerra, especialmente mi abuela, que imaginaba lo peor”, señala.

Luego de la guerra, pensó en dejar el Ejército, quería irse por todo lo que había visto y vivido, pero finalmente se quedó. También se casó y tuvo hijos. Pasó de subteniente a coronel y se retiró en 2017. Hoy sigue contando su historia para que no se olvide: “Malvinas fue un sacrificio enorme, pero también fue un acto de amor a la Patria. No importa cuántos años pasen, las Malvinas siempre serán argentinas”.

Pese a todo, encuentra en el testimonio una forma de sanar, busca mantener viva la memoria de los caídos y recordar que la guerra deja heridas que el tiempo no borra: “No quiero que la historia se repita ni que las nuevas generaciones olviden lo que pasó”.

De la guerra a la paz del campo

Actualmente, Peluffo vive en Mercedes, Corrientes, en el campo que heredó al que lo llama “El tranquilo”, por esa paz que tanto añoró. Allí hace ganadería y tiene una cabaña Braford llamada “Che Taitá”. Siente que así también se sirve a la Patria. “El campo era de mi mamá y yo venía solo de vacaciones. Después de retirarme y de que ella falleciera, hicimos la sucesión y me quedé con una fracción. Ahí decidí dedicarme de lleno a la producción ganadera”, cuenta.

“Me levanto temprano, recorro el campo a caballo y trabajo con la hacienda. También tengo ovejas y caballos. Este estilo de vida me da tranquilidad y paz, algo que después de la guerra valoré mucho. Cuando volví de Malvinas, me preguntaba por qué sobreviví. Muchos de mis soldados murieron, y yo sentía que debería haber caído con ellos. Pero luego entendí que mi misión era dar testimonio del valor y coraje de nuestros hombres. La vida en el campo me da serenidad. Me recuerda a mi infancia, a mi abuelo, que nos inculcó el amor por la tierra”, añade.

En la manga de su campo, Peluffo realiza las labores ganaderas

Aunque los fantasmas de Malvinas de tanto en tanto aún lo visitan, ha encontrado una manera de sobrellevarlos: “Para no seguir metido en el pozo de zorro, tuve que dar vuelta la página y continuar con mi vida. Me ayudó mucho saber que mi experiencia podía servir para que no se olvide el sacrificio de tantos soldados. Hoy estoy tranquilo, en mi lugar en el mundo: el campo rodeado de animales. Así quiero seguir. Aun así, Malvinas vive en mí”, finaliza.

 El exteniente coronel Ernesto Peluffo rememora cada detalle de su paso por el conflicto del Atlántico Sur y los duros momentos que vivió; “estoy tranquilo, en mi lugar en el mundo: el campo rodeado de animales”, dice en relación a un establecimiento que tiene en Mercedes, Corrientes  LA NACION

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