Stefano Brundo, un futbolista diferente: licenciado, magíster y capitán de un equipo en Malasia

Hace ya algunas décadas, Rubén Blades y Willy Colón extrajeron de la realidad cotidiana un personaje, lo bautizaron Pedro Navaja, crearon una historia y le pusieron música a una sentencia que, por otra parte, cualquier persona estaría en condiciones de afirmar. “La vida te da sorpresas”, le cantaron a aquel ladrón de poca monta que habitaba unos de los tantos submundos latinoamericanos. En su caso, la frase encerraba una denuncia y un drama, pero por fortuna no siempre es así. La existencia también da sorpresas agradables, o mezcla unas y otras sin llegar a finales trágicos.
A Stefano Brundo (31 años, marcador central), su vida, y su carrera futbolística, le han provocado más de una vez buenas dosis de asombro. En Argentina, en Perú, en Paraguay, en Malasia, para bien y para mal. Pero sobre todo, le han empujado a abrir grandes los ojos y las neuronas, a leer, a aprender, a captar todo lo que le rodea tratando de no perderse nada sin reducir ni un gramo la pasión y la dedicación exigibles a un profesional del juego más popular del planeta.
“Hacer las cosas a medias no es mi estilo, trato de ponerles la mejor onda y llevarlas a cabo de la mejor forma, ya sea el estudio, el fútbol, si un amigo me pide una mano, o para ayudar a una señora mayor a cruzar la calle”, dice, aceptando que, quizás, esa dedicación le ha privado de otras experiencias vitales, como formar una familia o tener hijos que lo acompañen cuando sale por el túnel rumbo al césped. “A veces me pregunto si valió le pena. Y qué sé yo, las cosas las vivo así”.
La presentación que hace de sí mismo en su cuenta de Instagram ya sitúa a Brundo en un lugar diferente. Antes de la mención al equipo que defiende en la actualidad -el Sri Pahang de Malasia-, se indican sus conocimientos universitarios: Licenciado en Relaciones Internacionales y futuro Magister en Administración de Empresas (solo le falta presentar la tesis final). Y eso que se ahorró poner que aprendió a hablar inglés sin profesor: “Siempre digo que para mí eso es mucho más meritorio que jugar al fútbol. Ahora lo estoy perfeccionando a fondo”.
-¿Siempre fuiste tan bueno estudiando?
-Por suerte, sí. Terminé siendo abanderado en la secundaria. Y después entré con la segunda nota más alta al profesorado de educación física Romero Brest, el número uno de la Argentina. Me iba muy bien.
-¿Ya jugabas al fútbol en ese momento?
-Estaba en la quinta de Platense. Después pasé a All Boys, que es donde debuté en Primera en 2015; y al año siguiente, con el 75% de la carrera terminada, me salió la oportunidad de irme a Perú y tuve que dejarla.
-Pero al final terminás con otros títulos muy diferentes bajo el brazo.
-Es larga la historia. En 2017 vuelvo de Perú, retomo educación física, pero ya era profesional y podía cursar con menos ritmo. Me voy a Atlético Rafaela y tengo que interrumpir otra vez, y de ahí a Gimnasia y Esgrima de Mendoza, donde me entrenaba, iba al gimnasio, me quedaba tiempo libre, pero no podía seguir dando materias. Entonces empecé a buscar otra cosa para estudiar. Me puse, pero no podía seguir dando materias. Entonces empecé a buscar otra cosa para estudiar. Me puse a mirar la Universidad Siglo 21, que en 2018 era de las pocas que permitía cursar de manera virtual, y encontré Relaciones Internacionales, algo que me encanta, me apasiona. Hice la carrera en cuatro años, así, de una. No me retrasé ni una materia, no desaprobé un solo parcial. Me recibí en 2022, dos días antes de jugar la semifinal por el ascenso con Estudiantes de Buenos Aires. Y después, cuando vine a Malasia, tenía la opción de un posgrado o de intentar otra cosa. Y me puse a hacer la maestría en Administración de Empresas, que tal vez sea más probable que me brinde una futura salida laboral.
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Stefano Brundo no es un jugador al uso. Por supuesto puede hablar del juego, de tácticas, de la calidad limitada del fútbol malayo en su conjunto –”Lo salva que hay cinco extranjeros por equipo y en general son muy buenos. Hay brasileños, africanos y valores interesantes del resto de los países del sudeste asiático”-, pero tiene opiniones formadas en muchos otros temas. En organización y funcionamiento de todo lo que se mueve alrededor del fútbol acá, allá y en todas partes; en política, en economía, en religión, en cuestiones de género. Y no tiene problemas en volcarlas en cuanto la charla lo permite. Porque además, la experiencia propia le permite salpicarlas con jugosas anécdotas.
-A nosotros nos robaron el ascenso con Estudiantes. Nos expulsaron a dos jugadores y al técnico, nos hicieron un gol en offside, empatamos los dos partidos de la final y no subimos por una regla estúpida [ascendió Instituto por mejor ubicación en el torneo]. La gente no sabe lo que pasa en esas categorías y es lógico que no lo sepa. Mirá, yo me pasé toda mi carrera en Argentina en la B Nacional y hay cosas de las que no me olvido más. Hubo un árbitro del que no voy a dar el nombre, que un día entró al vestuario de uno de los clubes donde jugué y dijo: “Gente, hoy el penal que les voy a dar lo pateo yo”. Venía a cuento porque nos había dado otro dos o tres fechas antes y lo habíamos errado. Venía a masajearse con nosotros, preguntaba por la nutricionista del equipo… No lo podíamos creer. Yo me ponía colorado y pensaba que de la misma manera el árbitro del partido siguiente podía estar en el otro vestuario.
-¿Esto solo sucede en la Argentina?
-En otros lados pasan otras cosas. La segunda vez que fui a Perú fiché por el Carlos Stein, de Chiclayo, que estaba en Primera. Hacemos pretemporada, jugamos el primer partido y empatamos. Me pareció que el equipo estaba armado para sostenerse. A los dos días sale la noticia de que nos quitaban dos puntos. Pensé que pasábamos a tener menos uno, pero la situación era mucho peor. Los dos puntos pertenecían al torneo de la temporada anterior e implicaban que Alianza Lima, que había descendido, se quedaba en Primera, y el que bajaba era Carlos Stein, ¡que ya había empezado a jugar el campeonato siguiente! Una cosa de locos. Terminé un año entero en un equipo de la segunda de Perú. Ascendimos, pero lo pasé muy mal. Era 2021, todavía estaba todo muy cerrado por la pandemia y Chiclayo es una ciudad con muy pocos atractivos.
-¿En Malasia es más serio?
-Te diría que es peor que en Argentina. El 12 de abril tenemos la final de la Copa Malasia, que es el partido más importante del año y te voy a spoilear el resultado: vamos a perder 5 a 0. Nuestros dos mejores jugadores no pueden jugar y el rival es el Johor Darul Ta’zim, que además de tener el mejor equipo del país [actualmente lleva 15 puntos de ventaja en la liga], lo maneja un príncipe que también controla la selección y todo el fútbol malayo, y a veces decide cosas insólitas. Por ejemplo, cambia las localías. Jugamos contra ellos de visitantes, y cuando nos toca de local dice que no van a venir porque en nuestra ciudad llueve mucho. Nos ofrece darnos el dinero de las entradas que se vendan, y a mi club no le queda otra que aceptar, aunque eso anule la competencia y desaliente a los hinchas.
-También anduviste por Paraguay.
-Sí, estuve apenas un mes y jugué un solo partido. Me pasó algo raro. En 2017 había sido titular todo el año en Rafaela. Yo me quería quedar, pero el representante que tenía en ese momento me dice que el club no me quiere y me consigue el 3 de Febrero, en Paraguay. El técnico no me conocía. Cuando llego estaba hablando con dos jugadores y les contaba que estaba esperando a un pibe argentino. “Sí, es él”, le dicen mis compañeros. Yo ya estaba ahí y ni se había fijado. A los 15 días echan a ese entrenador (el equipo no había ganado ni un solo partido en el primer torneo y acabó descendiendo), viene otro, argentino, y me avisa que voy a ser titular contra Cerro Porteño. Juego normal, ni bien ni mal, perdemos y el tipo delante de todos empieza a decir que no podía ser que yo hubiera jugado tan mal. El Chaucha [José María] Bianco, que estaba en Gimnasia de Mendoza, venía llamándome desde hacía rato con una muy buena oferta. Así que agarré mis cosas y me fui.
-¿Y tu representante qué te dijo?
-¿Ese representante? En 2019 vuelvo a Rafaela, y me preguntan por qué no me había quedado el año anterior. Cuando les contesto que fue una decisión de ellos me aseguran que no, que mi representante les dijo que el que no quería quedarse era yo. Tiempo después me entero de que ese señor me había vendido a un grupo empresario por una cantidad de seis cifras en dólares. El supuesto dueño de mi pase me había iniciado juicio por no consultarlo a la hora de cambiar de club, y me mostró un papel teóricamente firmado por mí. Por supuesto, yo nunca había visto ese papel ni un centavo de esa plata. Por suerte, desde hace tres años no supe nada más del tema. Las cosas que pasan durante la carrera de un futbolista son impresionantes.
– – – – –
Brasil, Francia y Argentina aparecen, en ese orden, como los países que más futbolistas han exportado en 2024, reforzando una tendencia que viene dándose desde hace muchísimos años. La cantidad de compatriotas que pasaporte en mano se va a labrar un presente y un futuro más allá de nuestras fronteras no deja de crecer. En diciembre de 2024, el archivo de AXEM (Argentinos por el mundo) sumaba 7.508 jugadores fuera del país. Muchos de ellos en destinos tan exóticos como Malasia, donde se desempeñan cuatro de ellos, tres en el Sri Pahang -Brundo, Manuel Hidalgo y Sergio Agüero (que obviamente no es el Kun)- y uno, Luciano Guaycochea, primo de los hermanos Mac Allister, en el Perak. Encontrar razones que expliquen cómo y por qué un chico criado en los potreros argentinos acaba en la otra punta del planeta jugando en una liga semidesconocida resulta bastante sencillo si se escucha el relato de Stefano Brundo.
-Mirá, en 2022 estábamos a punto de lograr el ascenso a Primera con Estudiantes, y a tres o cuatro de mis compañeros no les llegaba el dinero para ponerle nafta al auto. Y no era culpa ni responsabilidad del club. Pero hay que saber que en el fútbol no hay ajuste de los contratos por inflación, y aquel año ya estábamos en el 120 o 130%. Entonces lo que era un salario más o menos bueno en enero no te alcanzaba en diciembre. A mí me llega la oferta de Malasia antes de jugar la final del Reducido. Era una oferta que no solo implicaba ganar más, sino ahorrar más, porque la vida en Malasia es mucho más barata que en la Argentina. Hoy en día, en Primera Nacional vos podés cobrar unos 3.000 dólares al mes y con suerte ahorrarías 400. Acá multiplico por 15 esa cifra, ¿cómo hacés para competir? Ojo, también vine a un fútbol 15 veces peor. Pero bueno, son decisiones. Por otro lado, me permite conocer una parte del mundo como jamás me hubiera imaginado.
-¿Qué tipo de país encontraste?
-Un país maravilloso, que funciona. No es una democracia, sino una monarquía parlamentaria en la que el rey y los príncipes hacen lo que quieren, pero no hay abuso de poder de arriba hacia abajo, como tampoco existe un exceso de presión política de abajo hacia arriba. Diría que hay cierto equilibrio en ese sentido. Nunca vi más de cinco personas protestando en la calle. No hay la efervescencia política que estamos habituados a vivir en Argentina.
-¿Y en lo económico? Se sabe que es uno de los llamados “tigres menores de Asia” pero, ¿cómo es la distribución de los ingresos entre las clases sociales?
-Hay un porcentaje de la población que vive de manera precaria, pero a nadie le falta comida, no ves gente pidiendo en las esquinas. Y la macroeconomía va bien. No tienen inflación y hay mucha inversión china porque alrededor de un 20% de los malayos son descendientes de chinos que se escaparon de su país. Malasia tiene petróleo y recursos minerales, pero una cosa que hicieron bien fue apropiarse de los capitales y las tecnologías que tienen alrededor, de Japón y de China. Eso les da un potencial económico que les permite atraer a CEOs extranjeros o a malayos que estudiaron afuera para que ocupen los cargos altos de las empresas, porque una cosa que les falta son universidades de élite.
-Tu equipo no es de la capital, Kuala Lumpur.
-No, yo estoy en Kuantan, en la costa este, una ciudad menos cosmopolita o multicultural que la capital. También más tradicional, el 90-95% de las mujeres llevan hiyab, el pañuelo que se ponen las musulmanas en la cabeza. En Kuala Lumpur eso se ve menos.
-¿Son muy rígidos en el seguimiento de los preceptos islámicos?
-Bastante menos que en Arabia Saudí o en Dubai, donde las chicas caminan detrás de los hombres. Yo soy católico y no les preocupa si voy tomando alcohol por la calle. Donde les salta el fanatismo religioso es con el conflicto palestino-israelí. Es un asunto que está a flor de piel. Todo el tiempo están subiendo a las redes imágenes de los ataques de Israel en Gaza, de niños decapitados, de la destrucción por los bombardeos. Ahora, si les preguntás su opinión sobre Hamás o si saben cómo fue el ataque a Israel en octubre de 2023, se derivan hacia la diferencia de fuerzas o cuántas víctimas hay de cada lado. Creo que, en el fondo, y pese a que se ven muchas banderas de Palestina en los balcones, se identifican más con el enfrentamiento contra los judíos que con los palestinos en sí. Los malayos son respetuosos con todas las religiones, pero dudo mucho que un judío pueda vivir acá.
// // //
En otros tiempos, las fotos turísticas hubieran llenado un par de álbumes; hoy lo hacen con la memoria del celular de Stefano Brundo. Las luces de neón en las ciudades japonesas, los recuerdos de la guerra en Vietnam, los templos antiguos en Camboya, los edificios deslumbrantes de Hong Kong, Singapur o Dubai. Cualquier momento libre es aprovechado para subirse a un avión, conocer y empaparse de culturas e historias diferentes en el Extremo Oriente. El éxito en todo sentido le ha abierto los brazos ahí donde no podía esperarlo. Es el capitán de su equipo, un defensor y goleador -en el Sri Pahang ha marcado 18 de los 28 tantos que lleva convertidos en toda su trayectoria- que se ha ganado el respeto de la liga malaya. Lo pasa realmente bien.
-La verdad, estoy muy contento, me ha ido de una manera impresionante, y me gustaría seguir por acá, tal vez probando algún país distinto. El sudeste asiático es un muy lindo lugar para disfrutar del fútbol. El otro día le preguntaron a [Rodrigo] De Paul si le gusta más jugar al fútbol o competir. Es algo que tengo bien en claro desde chico. Me gusta el fútbol, como pueden gustarme el tenis o el boxeo, pero lo que realmente me gusta es competir. Y acá puedo decirte que se compite, pero es donde aprendí a disfrutar verdaderamente del fútbol. A no sentir ese estrés traumático de estar rezando desde el martes hasta el silbato final del árbitro el sábado o el domingo para no mandarte ninguna macana. Como defensor le he puesto tanto empeño a no cometer errores que pude hacer una muy humilde carrera en la B Nacional de Argentina. Pero, ¿fui feliz jugando? Y, no sé bien si fue felicidad o un tipo de dolor placentero. Acá puedo decirte que el verbo jugar está bien utilizado, que uno es feliz jugando. En Argentina se trata de una competencia sufriente en la que tienen que alinearse muchos planetas para disfrutarla, la verdad.
-El concepto suena demasiado duro.
-En Malasia el hincha no va a la cancha a desahogarse, sino a ver un espectáculo. Los pocos que van, porque la gente se queda despierta hasta las 4 de la mañana para ver los partidos de la Premier inglesa, pero los estadios están semivacíos. Si además gana su equipo, bárbaro, pero si pierde, no le hacen sentir al jugador que está haciendo mal su trabajo. En nuestro país el futbolista tiene la culpa de la inflación, del taxista que se te cruzó en el semáforo y casi te choca, de todo, porque la cancha es el único lugar donde se puede recontraputear a todo el mundo. El fútbol es un cable a tierra y es esa pasión que está buenísima, pero me encantaría que no tuviera que llenar los vacíos que tiene una sociedad inconformista.
-Es decir, que ni siquiera te planteás una vuelta al pago.
-No es la prioridad, pero no me cierro a nada. No soy un jugador que pueda andar eligiendo mucho tampoco. No soy Enzo Pérez, jajaja.
-¿Tampoco una vez retirado?
– Sinceramente no sé qué haré cuando me retire, que todavía falta un poco. En algún momento se me pasó por la cabeza la figura del director deportivo, pero en Argentina lo veo muy poco probable porque se busca más el currículum como jugador que el universitario. Va a tener más trabajo un Néstor Ortigoza, con todo el respeto que me merece, que una persona que tiene tres títulos terciarios y habla dos o tres idiomas. Y por otro lado, me cuesta concebir que en un país con la cultura futbolística de Argentina haya 30 clubes en una liga que no se sabe bien ni el formato que tiene. O que en Primera Nacional asciendan 2 equipos de 36: no sé si existe un campeonato más difícil en el mundo; o que se anulen los descensos cuando faltan tres fechas. Es un carnaval.
-La AFA suele tener dos parámetros, por un lado, los triunfos de la Selección y por el otro, el desmanejo organizativo.
– A la AFA le entran millones y millones por cada partido que juega Messi, ¿adónde va a parar esa plata? Después, en las asambleas de la AFA todos levantan la mano como robots a favor de Chiqui Tapia, y si alguno quiere decir algo lo chiflan. Estas son las cosas que me hacen dudar si seguir metido el día de mañana en un ambiente tan contaminado como el del fútbol.
-La explicación que se suele dar es que Chiqui Tapia basa su poder en ser campeón del mundo…
– Por favor… campeones del mundo son Messi, Scaloni o el Dibu Martínez, no el Chiqui Tapia.
Stefano Brundo dixit. Un librepensador que juega de marcador central, hace goles de cabeza y tiro libre, y abre bien grandes los ojos para ver el mundo que lo rodea.
Hace ya algunas décadas, Rubén Blades y Willy Colón extrajeron de la realidad cotidiana un personaje, lo bautizaron Pedro Navaja, crearon una historia y le pusieron música a una sentencia que, por otra parte, cualquier persona estaría en condiciones de afirmar. “La vida te da sorpresas”, le cantaron a aquel ladrón de poca monta que habitaba unos de los tantos submundos latinoamericanos. En su caso, la frase encerraba una denuncia y un drama, pero por fortuna no siempre es así. La existencia también da sorpresas agradables, o mezcla unas y otras sin llegar a finales trágicos.
A Stefano Brundo (31 años, marcador central), su vida, y su carrera futbolística, le han provocado más de una vez buenas dosis de asombro. En Argentina, en Perú, en Paraguay, en Malasia, para bien y para mal. Pero sobre todo, le han empujado a abrir grandes los ojos y las neuronas, a leer, a aprender, a captar todo lo que le rodea tratando de no perderse nada sin reducir ni un gramo la pasión y la dedicación exigibles a un profesional del juego más popular del planeta.
“Hacer las cosas a medias no es mi estilo, trato de ponerles la mejor onda y llevarlas a cabo de la mejor forma, ya sea el estudio, el fútbol, si un amigo me pide una mano, o para ayudar a una señora mayor a cruzar la calle”, dice, aceptando que, quizás, esa dedicación le ha privado de otras experiencias vitales, como formar una familia o tener hijos que lo acompañen cuando sale por el túnel rumbo al césped. “A veces me pregunto si valió le pena. Y qué sé yo, las cosas las vivo así”.
La presentación que hace de sí mismo en su cuenta de Instagram ya sitúa a Brundo en un lugar diferente. Antes de la mención al equipo que defiende en la actualidad -el Sri Pahang de Malasia-, se indican sus conocimientos universitarios: Licenciado en Relaciones Internacionales y futuro Magister en Administración de Empresas (solo le falta presentar la tesis final). Y eso que se ahorró poner que aprendió a hablar inglés sin profesor: “Siempre digo que para mí eso es mucho más meritorio que jugar al fútbol. Ahora lo estoy perfeccionando a fondo”.
-¿Siempre fuiste tan bueno estudiando?
-Por suerte, sí. Terminé siendo abanderado en la secundaria. Y después entré con la segunda nota más alta al profesorado de educación física Romero Brest, el número uno de la Argentina. Me iba muy bien.
-¿Ya jugabas al fútbol en ese momento?
-Estaba en la quinta de Platense. Después pasé a All Boys, que es donde debuté en Primera en 2015; y al año siguiente, con el 75% de la carrera terminada, me salió la oportunidad de irme a Perú y tuve que dejarla.
-Pero al final terminás con otros títulos muy diferentes bajo el brazo.
-Es larga la historia. En 2017 vuelvo de Perú, retomo educación física, pero ya era profesional y podía cursar con menos ritmo. Me voy a Atlético Rafaela y tengo que interrumpir otra vez, y de ahí a Gimnasia y Esgrima de Mendoza, donde me entrenaba, iba al gimnasio, me quedaba tiempo libre, pero no podía seguir dando materias. Entonces empecé a buscar otra cosa para estudiar. Me puse, pero no podía seguir dando materias. Entonces empecé a buscar otra cosa para estudiar. Me puse a mirar la Universidad Siglo 21, que en 2018 era de las pocas que permitía cursar de manera virtual, y encontré Relaciones Internacionales, algo que me encanta, me apasiona. Hice la carrera en cuatro años, así, de una. No me retrasé ni una materia, no desaprobé un solo parcial. Me recibí en 2022, dos días antes de jugar la semifinal por el ascenso con Estudiantes de Buenos Aires. Y después, cuando vine a Malasia, tenía la opción de un posgrado o de intentar otra cosa. Y me puse a hacer la maestría en Administración de Empresas, que tal vez sea más probable que me brinde una futura salida laboral.
// // // //
Stefano Brundo no es un jugador al uso. Por supuesto puede hablar del juego, de tácticas, de la calidad limitada del fútbol malayo en su conjunto –”Lo salva que hay cinco extranjeros por equipo y en general son muy buenos. Hay brasileños, africanos y valores interesantes del resto de los países del sudeste asiático”-, pero tiene opiniones formadas en muchos otros temas. En organización y funcionamiento de todo lo que se mueve alrededor del fútbol acá, allá y en todas partes; en política, en economía, en religión, en cuestiones de género. Y no tiene problemas en volcarlas en cuanto la charla lo permite. Porque además, la experiencia propia le permite salpicarlas con jugosas anécdotas.
-A nosotros nos robaron el ascenso con Estudiantes. Nos expulsaron a dos jugadores y al técnico, nos hicieron un gol en offside, empatamos los dos partidos de la final y no subimos por una regla estúpida [ascendió Instituto por mejor ubicación en el torneo]. La gente no sabe lo que pasa en esas categorías y es lógico que no lo sepa. Mirá, yo me pasé toda mi carrera en Argentina en la B Nacional y hay cosas de las que no me olvido más. Hubo un árbitro del que no voy a dar el nombre, que un día entró al vestuario de uno de los clubes donde jugué y dijo: “Gente, hoy el penal que les voy a dar lo pateo yo”. Venía a cuento porque nos había dado otro dos o tres fechas antes y lo habíamos errado. Venía a masajearse con nosotros, preguntaba por la nutricionista del equipo… No lo podíamos creer. Yo me ponía colorado y pensaba que de la misma manera el árbitro del partido siguiente podía estar en el otro vestuario.
-¿Esto solo sucede en la Argentina?
-En otros lados pasan otras cosas. La segunda vez que fui a Perú fiché por el Carlos Stein, de Chiclayo, que estaba en Primera. Hacemos pretemporada, jugamos el primer partido y empatamos. Me pareció que el equipo estaba armado para sostenerse. A los dos días sale la noticia de que nos quitaban dos puntos. Pensé que pasábamos a tener menos uno, pero la situación era mucho peor. Los dos puntos pertenecían al torneo de la temporada anterior e implicaban que Alianza Lima, que había descendido, se quedaba en Primera, y el que bajaba era Carlos Stein, ¡que ya había empezado a jugar el campeonato siguiente! Una cosa de locos. Terminé un año entero en un equipo de la segunda de Perú. Ascendimos, pero lo pasé muy mal. Era 2021, todavía estaba todo muy cerrado por la pandemia y Chiclayo es una ciudad con muy pocos atractivos.
-¿En Malasia es más serio?
-Te diría que es peor que en Argentina. El 12 de abril tenemos la final de la Copa Malasia, que es el partido más importante del año y te voy a spoilear el resultado: vamos a perder 5 a 0. Nuestros dos mejores jugadores no pueden jugar y el rival es el Johor Darul Ta’zim, que además de tener el mejor equipo del país [actualmente lleva 15 puntos de ventaja en la liga], lo maneja un príncipe que también controla la selección y todo el fútbol malayo, y a veces decide cosas insólitas. Por ejemplo, cambia las localías. Jugamos contra ellos de visitantes, y cuando nos toca de local dice que no van a venir porque en nuestra ciudad llueve mucho. Nos ofrece darnos el dinero de las entradas que se vendan, y a mi club no le queda otra que aceptar, aunque eso anule la competencia y desaliente a los hinchas.
-También anduviste por Paraguay.
-Sí, estuve apenas un mes y jugué un solo partido. Me pasó algo raro. En 2017 había sido titular todo el año en Rafaela. Yo me quería quedar, pero el representante que tenía en ese momento me dice que el club no me quiere y me consigue el 3 de Febrero, en Paraguay. El técnico no me conocía. Cuando llego estaba hablando con dos jugadores y les contaba que estaba esperando a un pibe argentino. “Sí, es él”, le dicen mis compañeros. Yo ya estaba ahí y ni se había fijado. A los 15 días echan a ese entrenador (el equipo no había ganado ni un solo partido en el primer torneo y acabó descendiendo), viene otro, argentino, y me avisa que voy a ser titular contra Cerro Porteño. Juego normal, ni bien ni mal, perdemos y el tipo delante de todos empieza a decir que no podía ser que yo hubiera jugado tan mal. El Chaucha [José María] Bianco, que estaba en Gimnasia de Mendoza, venía llamándome desde hacía rato con una muy buena oferta. Así que agarré mis cosas y me fui.
-¿Y tu representante qué te dijo?
-¿Ese representante? En 2019 vuelvo a Rafaela, y me preguntan por qué no me había quedado el año anterior. Cuando les contesto que fue una decisión de ellos me aseguran que no, que mi representante les dijo que el que no quería quedarse era yo. Tiempo después me entero de que ese señor me había vendido a un grupo empresario por una cantidad de seis cifras en dólares. El supuesto dueño de mi pase me había iniciado juicio por no consultarlo a la hora de cambiar de club, y me mostró un papel teóricamente firmado por mí. Por supuesto, yo nunca había visto ese papel ni un centavo de esa plata. Por suerte, desde hace tres años no supe nada más del tema. Las cosas que pasan durante la carrera de un futbolista son impresionantes.
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Brasil, Francia y Argentina aparecen, en ese orden, como los países que más futbolistas han exportado en 2024, reforzando una tendencia que viene dándose desde hace muchísimos años. La cantidad de compatriotas que pasaporte en mano se va a labrar un presente y un futuro más allá de nuestras fronteras no deja de crecer. En diciembre de 2024, el archivo de AXEM (Argentinos por el mundo) sumaba 7.508 jugadores fuera del país. Muchos de ellos en destinos tan exóticos como Malasia, donde se desempeñan cuatro de ellos, tres en el Sri Pahang -Brundo, Manuel Hidalgo y Sergio Agüero (que obviamente no es el Kun)- y uno, Luciano Guaycochea, primo de los hermanos Mac Allister, en el Perak. Encontrar razones que expliquen cómo y por qué un chico criado en los potreros argentinos acaba en la otra punta del planeta jugando en una liga semidesconocida resulta bastante sencillo si se escucha el relato de Stefano Brundo.
-Mirá, en 2022 estábamos a punto de lograr el ascenso a Primera con Estudiantes, y a tres o cuatro de mis compañeros no les llegaba el dinero para ponerle nafta al auto. Y no era culpa ni responsabilidad del club. Pero hay que saber que en el fútbol no hay ajuste de los contratos por inflación, y aquel año ya estábamos en el 120 o 130%. Entonces lo que era un salario más o menos bueno en enero no te alcanzaba en diciembre. A mí me llega la oferta de Malasia antes de jugar la final del Reducido. Era una oferta que no solo implicaba ganar más, sino ahorrar más, porque la vida en Malasia es mucho más barata que en la Argentina. Hoy en día, en Primera Nacional vos podés cobrar unos 3.000 dólares al mes y con suerte ahorrarías 400. Acá multiplico por 15 esa cifra, ¿cómo hacés para competir? Ojo, también vine a un fútbol 15 veces peor. Pero bueno, son decisiones. Por otro lado, me permite conocer una parte del mundo como jamás me hubiera imaginado.
-¿Qué tipo de país encontraste?
-Un país maravilloso, que funciona. No es una democracia, sino una monarquía parlamentaria en la que el rey y los príncipes hacen lo que quieren, pero no hay abuso de poder de arriba hacia abajo, como tampoco existe un exceso de presión política de abajo hacia arriba. Diría que hay cierto equilibrio en ese sentido. Nunca vi más de cinco personas protestando en la calle. No hay la efervescencia política que estamos habituados a vivir en Argentina.
-¿Y en lo económico? Se sabe que es uno de los llamados “tigres menores de Asia” pero, ¿cómo es la distribución de los ingresos entre las clases sociales?
-Hay un porcentaje de la población que vive de manera precaria, pero a nadie le falta comida, no ves gente pidiendo en las esquinas. Y la macroeconomía va bien. No tienen inflación y hay mucha inversión china porque alrededor de un 20% de los malayos son descendientes de chinos que se escaparon de su país. Malasia tiene petróleo y recursos minerales, pero una cosa que hicieron bien fue apropiarse de los capitales y las tecnologías que tienen alrededor, de Japón y de China. Eso les da un potencial económico que les permite atraer a CEOs extranjeros o a malayos que estudiaron afuera para que ocupen los cargos altos de las empresas, porque una cosa que les falta son universidades de élite.
-Tu equipo no es de la capital, Kuala Lumpur.
-No, yo estoy en Kuantan, en la costa este, una ciudad menos cosmopolita o multicultural que la capital. También más tradicional, el 90-95% de las mujeres llevan hiyab, el pañuelo que se ponen las musulmanas en la cabeza. En Kuala Lumpur eso se ve menos.
-¿Son muy rígidos en el seguimiento de los preceptos islámicos?
-Bastante menos que en Arabia Saudí o en Dubai, donde las chicas caminan detrás de los hombres. Yo soy católico y no les preocupa si voy tomando alcohol por la calle. Donde les salta el fanatismo religioso es con el conflicto palestino-israelí. Es un asunto que está a flor de piel. Todo el tiempo están subiendo a las redes imágenes de los ataques de Israel en Gaza, de niños decapitados, de la destrucción por los bombardeos. Ahora, si les preguntás su opinión sobre Hamás o si saben cómo fue el ataque a Israel en octubre de 2023, se derivan hacia la diferencia de fuerzas o cuántas víctimas hay de cada lado. Creo que, en el fondo, y pese a que se ven muchas banderas de Palestina en los balcones, se identifican más con el enfrentamiento contra los judíos que con los palestinos en sí. Los malayos son respetuosos con todas las religiones, pero dudo mucho que un judío pueda vivir acá.
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En otros tiempos, las fotos turísticas hubieran llenado un par de álbumes; hoy lo hacen con la memoria del celular de Stefano Brundo. Las luces de neón en las ciudades japonesas, los recuerdos de la guerra en Vietnam, los templos antiguos en Camboya, los edificios deslumbrantes de Hong Kong, Singapur o Dubai. Cualquier momento libre es aprovechado para subirse a un avión, conocer y empaparse de culturas e historias diferentes en el Extremo Oriente. El éxito en todo sentido le ha abierto los brazos ahí donde no podía esperarlo. Es el capitán de su equipo, un defensor y goleador -en el Sri Pahang ha marcado 18 de los 28 tantos que lleva convertidos en toda su trayectoria- que se ha ganado el respeto de la liga malaya. Lo pasa realmente bien.
-La verdad, estoy muy contento, me ha ido de una manera impresionante, y me gustaría seguir por acá, tal vez probando algún país distinto. El sudeste asiático es un muy lindo lugar para disfrutar del fútbol. El otro día le preguntaron a [Rodrigo] De Paul si le gusta más jugar al fútbol o competir. Es algo que tengo bien en claro desde chico. Me gusta el fútbol, como pueden gustarme el tenis o el boxeo, pero lo que realmente me gusta es competir. Y acá puedo decirte que se compite, pero es donde aprendí a disfrutar verdaderamente del fútbol. A no sentir ese estrés traumático de estar rezando desde el martes hasta el silbato final del árbitro el sábado o el domingo para no mandarte ninguna macana. Como defensor le he puesto tanto empeño a no cometer errores que pude hacer una muy humilde carrera en la B Nacional de Argentina. Pero, ¿fui feliz jugando? Y, no sé bien si fue felicidad o un tipo de dolor placentero. Acá puedo decirte que el verbo jugar está bien utilizado, que uno es feliz jugando. En Argentina se trata de una competencia sufriente en la que tienen que alinearse muchos planetas para disfrutarla, la verdad.
-El concepto suena demasiado duro.
-En Malasia el hincha no va a la cancha a desahogarse, sino a ver un espectáculo. Los pocos que van, porque la gente se queda despierta hasta las 4 de la mañana para ver los partidos de la Premier inglesa, pero los estadios están semivacíos. Si además gana su equipo, bárbaro, pero si pierde, no le hacen sentir al jugador que está haciendo mal su trabajo. En nuestro país el futbolista tiene la culpa de la inflación, del taxista que se te cruzó en el semáforo y casi te choca, de todo, porque la cancha es el único lugar donde se puede recontraputear a todo el mundo. El fútbol es un cable a tierra y es esa pasión que está buenísima, pero me encantaría que no tuviera que llenar los vacíos que tiene una sociedad inconformista.
-Es decir, que ni siquiera te planteás una vuelta al pago.
-No es la prioridad, pero no me cierro a nada. No soy un jugador que pueda andar eligiendo mucho tampoco. No soy Enzo Pérez, jajaja.
-¿Tampoco una vez retirado?
– Sinceramente no sé qué haré cuando me retire, que todavía falta un poco. En algún momento se me pasó por la cabeza la figura del director deportivo, pero en Argentina lo veo muy poco probable porque se busca más el currículum como jugador que el universitario. Va a tener más trabajo un Néstor Ortigoza, con todo el respeto que me merece, que una persona que tiene tres títulos terciarios y habla dos o tres idiomas. Y por otro lado, me cuesta concebir que en un país con la cultura futbolística de Argentina haya 30 clubes en una liga que no se sabe bien ni el formato que tiene. O que en Primera Nacional asciendan 2 equipos de 36: no sé si existe un campeonato más difícil en el mundo; o que se anulen los descensos cuando faltan tres fechas. Es un carnaval.
-La AFA suele tener dos parámetros, por un lado, los triunfos de la Selección y por el otro, el desmanejo organizativo.
– A la AFA le entran millones y millones por cada partido que juega Messi, ¿adónde va a parar esa plata? Después, en las asambleas de la AFA todos levantan la mano como robots a favor de Chiqui Tapia, y si alguno quiere decir algo lo chiflan. Estas son las cosas que me hacen dudar si seguir metido el día de mañana en un ambiente tan contaminado como el del fútbol.
-La explicación que se suele dar es que Chiqui Tapia basa su poder en ser campeón del mundo…
– Por favor… campeones del mundo son Messi, Scaloni o el Dibu Martínez, no el Chiqui Tapia.
Stefano Brundo dixit. Un librepensador que juega de marcador central, hace goles de cabeza y tiro libre, y abre bien grandes los ojos para ver el mundo que lo rodea.
“Hacer las cosas a medias no es mi estilo, trato de ponerles la mejor onda y llevarlas a cabo de la mejor forma”, señala el defensor argentino LA NACION