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Desatado: aún más disruptivo que en su primer mandato, esta vez Trump va todo

WASHINGTON.- Los aranceles de Donald Trump pulverizaron los mercados con una virulencia que no se veía desde la pandemia del coronavirus, una brutal destrucción de riqueza que marcó el cénit del inicio de su nueva presidencia, el último testimonio de su voluntad para gobernar sin reparos, límites ni ataduras, con su instinto como guía, aun a costa de descarrilar la economía, o su propia presidencia. Desatado. “Creo que va muy bien”, minimizó Trump en la Casa Blanca, al hablar del golpe de su decisión, convencido del rumbo. Mientras la debacle ocurría, Trump prometía un “auge”.

La cortina de aranceles “recíprocos” –que, de implementarse, llevarán a Estados Unidos al proteccionismo de la Gran Depresión– le dio más envergadura a la ya histórica seguidilla de decretos de Trump en su nuevo mandato, un blitzkrieg diseñado para romper el orden global, y montar uno nuevo. El trumpismo observa con éxtasis la vocación de arquitecto de su líder. Sus detractores lo viven con furia, pánico y desazón.

Donald Trump muestra su lista de aranceles en el Rosedal de la Casa Blanca. Foto: Andrew Leyden/ZUMA Press Wire/dpa

Fue la jugada más osada de su nueva presidencia: Trump se muestra convencido de que los norteamericanos soportarán pérdidas astronómicas, precios más altos y una recesión con tal de que las empresas vuelvan a producir en el país, un drástico rediseño de la economía global del último medio siglo gobernado por la globalización que, para muchos, es ilusorio, además de ruinoso. La movida arraigó una sensación, cada vez más enquistada, de que, esta vez, Trump va por todo: la velocidad, la voracidad y la magnitud de la disrupción de estos meses ya colocan a su segundo mandato a años luz de su primera estadía en la Casa Blanca.​

Éxodo

A principios de 2017, durante esa primera presidencia de Trump, un profesor de historia de Yale, Timothy Snyder, publicó un libro de apenas 128 páginas, titulado “Sobre la tiranía”, que rápidamente se convirtió en un best seller y en una lectura obligatoria en Washington. Snyder compiló las lecciones más importantes que dejó el último siglo a la hora de enfrentar los autoritarismos y defender la democracia. Ahora, Snyder, junto con su esposa, Marci Shore, y el filosófo Jason Stanley, también profesores de Yale, se van a enseñar a Canadá.

“Siento que el país va en caída libre”, fustigó Shore.

El éxodo de los catedráticos de Yale es otro testimonio del cambio de época que vive Estados Unidos, donde flota una pregunta: si el país ya cruzó un punto sin retorno. La resistencia de antaño ha dado lugar, por ahora, a la negociación, la rendición, el silencio o, para otros, el exilio: una encuesta de la revista Nature reveló que el 75% de los científicos está pensando en irse, y muchos buscan trabajo en Canadá o Europa. No son los únicos.

Todos sabíamos que serían cuatro años muy largos con la habitual avalancha de controversias sobre Trump. Pocos creían que Trump intentaría cambiarlo todo desde el primer día de su nuevo mandato”, resumió Larry Sabato, director del Centro de Política de la Universidad de Virginia.

En esta foto suministrada por la oficina de la Presidencia de El Salvador, se ve a carceleros trasladando a personas deportadas por EEUU a la prisión CECOT en Tecoluca, El Salvador, el domingo 16 de marzo de 2025. (Presidencia de El Salvador vía AP)

El primer mandato de Trump, continuó Sabato, se caracterizó por la continua resistencia de la gente, las organizaciones civiles, los demócratas o la prensa, las empresas, y también de sectores del Partido Republicano. Trump era además un presidente inexperto, sin gente, forzado a gobernar con el establishment republicano.

“Francamente, no sabía lo que hacía. Y algunos de los republicanos tradicionales que nombró para altos cargos fueron barandas que le impidieron irse demasiado a la banquina”, remarcó Sabato. “El segundo mandato no podría ser más diferente. Trump dirige el gobierno como su vehículo personal de venganza y castigo”, definió.

Julian Zelizer, historiador de Princeton, apuntó que ahora el gobierno de Trump está mucho más organizado, es más deliberado y conoce mucho mejor el aparato estatal y los laberintos legales para usar el poder presidencial. Un ejemplo: su política de deportaciones. Y el Grand Old Party, antaño dividido, abandonó la búsqueda de una alternativa y ahora está totalmente alineado detrás de Trump.

“El presidente además teme mucho menos el poder de otras instituciones para detenerlo después de haber sobrevivido la rendición de cuentas por casi todo en su primer mandato”, cerró.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y su hijo Eric llegan al hoyo 9 del LIV Golf Miami

Trump gobierna ahora con sus fieles, sin complejos ni tapujos, sin riendas, y sin límites a la vista. Durante su primer mandato, el mundo seguía en vilo sus tuits, y todo lo que decía. La cantidad de falsedades que desplegó a diario durante los cuatros años que pasó en la Casa Blanca fueron una de las grandes novedades. The Washington Post contó 30.573 declaraciones falsas o engañosas. Ahora, el rasgo más saliente del nuevo mandato ya no es lo que Trump dice –aunque sigue sumando titulares–, sino la vorágine de lo que hace.

En poco más de dos meses, Trump ya firmó más de 100 acciones ejecutivas, un nuevo récord para el arranque de un gobierno. Durante todo su primer mandato, Trump firmó 220. El volumen ha sido una novedad, pero la variedad también: Trump usó su marcador para imponer aranceles, cambiar el nombre del Golfo de México por “Golfo de América”, ampliar la política de deportaciones –sobre la que ya hay denuncias de abusos–, recortar drásticamente el Departamento de Educación, empoderar a Elon Musk, su omnipresente asesor todoterreno, para que pase la motosierra por el gobierno federal, atacar la “cultura woke”, desarmar las políticas de género o de diversidad, equidad e inclusión, o “DEI”, o intervenir el Centro Cultural Kennedy de Washington para liderar la batalla cultural en Estados Unidos.

Fronteras afuera

El segundo gobierno de Trump tiene una notable ambición expansionista –desde Canadá a Groenlandia– y ha mostrado también un desdén con los aliados históricos de Washington en Europa, un sesgo que despuntó en su primer gobierno, pero ahora es más fuerte, abierto y frontal. Una y otra vez, Trump acusó a los europeos de “estafar” a Estados Unidos en el comercio, y de aprovecharse del aparato de defensa de Washington. Su vicepresidente, JD Vance, dijo que “viven de Estados Unidos”; el secretario de Defensa, Pete Hegseth, los tildó de “PATÉTICOS” –en mayúsculas–, y la vocera de Trump, Karoline Leavitt, lanzó desde el atril de la Casa Blanca que los franceses “deberían estar agradecidos que no hablan alemán”. La contracara de ese enfriamiento con Europa es el acercamiento al Kremlin de Vladimir Putin. (Rusia quedó fuera de la lista de aranceles.)

El vínculo de Trump con la prensa, uno de los pilares de Estados Unidos, también cambió de una presidencia a otra. Trump preserva sus ataques a medios mechados con su apetito para responder preguntas de periodistas acreditados en la Casa Blanca –incluido este corresponsal– en el Salón Oval, en el avión presidencial o antes de partir o después de llegar en el helicóptero Marine One desde el jardín sur para “inundar” los canales. Pero su segunda administración fue más allá de la primera; eliminó Voice of America (VOA), uno de los canales públicos, y comenzó a marcar mucho más el acceso al presidente, quitándole poder a la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca, que agrupa a la prensa y hasta ahora decidía qué medios integran el pool de periodistas que sigue a diario y le hace preguntas a Trump, y cómo se distribuían los asientos en la sala de prensa. Ambas decisiones quedaron ahora en manos de Trump.

Un barco pasa por una zona en el mar congelado fuera de Nuuk, Groenlandia, el 6 de marzo de 2025. (AP Foto/Evgeniy Maloletka)

El primer gobierno de Trump tuvo una altísima rotación. Apenas 24 días después de la jura, Trump tuvo la primera renuncia en su gabinete: el entonces asesor de Seguridad Nacional, Michael Flynn, se fue cuando se supo que había mentido sobre sus contactos con Rusia durante la transición. Fue la primera polémica del primer mandato. El escándalo desatado por la cadena de mensajes Signal donde el equipo de seguridad nacional de Trump discutió un plan de ataque a los hutíes en Yemen sin saber que había un periodista en el chat, el editor en jefe de The Atlantic, Jeffrey Goldberg, pasó sin renuncias. El gobierno admitió el error, pero despejó las críticas y negó la filtración de información confidencial, y, por el contrario, atacó sin medias tintas a la prensa, a Goldberg y los demócratas por la historia.

Trump siente que llegó a la Casa Blanca con un “mandato” apuntalado por una victoria que Trump, su anillo de confianza y los republicanos consideran que fue aplastante, histórica. Trump ganó el voto popular, el colegio electoral y los siete estados “pendulares” o swing states que decidieron la presidencia. Si en 2016 su triunfo ante Hillary Clinton cayó como un balde de agua helada que enfureció a medio país, su victoria en 2014 fue menos sorpresiva, pero su amplitud dejó al país atónito.

La única oposición real al gobierno han sido decenas de jueces repartidos en los tribunales del país. Empoderado y confiado, Trump coquetea con la idea de seguir en el poder más allá de su segundo mandato, pese a que la constitución se lo prohíbe expresamente. Hay “métodos”, dijo en una entrevista con la cadena NBC, para circunvalar esa proscripción.

“No estoy bromeando”, aclaró.

Cuando los periodistas le preguntaron, luego de esa entrevista, a bordo del avión presidencial si pensaba seguir en el poder más allá de su período constitucional, Trump dijo que no quería hablar realmente de un tercer mandato, pero igual remarcó, más de una vez, que “mucha gente” y “gente muy importante” le habían dicho que debía volver a presentarse a la presidencia. Trump dijo que el inicio de su segunda presidencia es el mejor inicio de la historia, que el país tuvo “los mejores cien días de casi cualquier presidente”. Su popularidad está a un nivel similar que al comienzo de su gobierno en 2017, según Gallup, pero Trump se siente en un pico. “Tenemos mucho tiempo. Nos quedan casi cuatro años, y eso es mucho tiempo, pero a pesar de eso, mucha gente me dice ‘tiene que volver a presentarse‘”, insistió. “Aman el trabajo que estamos haciendo”, cerró.

WASHINGTON.- Los aranceles de Donald Trump pulverizaron los mercados con una virulencia que no se veía desde la pandemia del coronavirus, una brutal destrucción de riqueza que marcó el cénit del inicio de su nueva presidencia, el último testimonio de su voluntad para gobernar sin reparos, límites ni ataduras, con su instinto como guía, aun a costa de descarrilar la economía, o su propia presidencia. Desatado. “Creo que va muy bien”, minimizó Trump en la Casa Blanca, al hablar del golpe de su decisión, convencido del rumbo. Mientras la debacle ocurría, Trump prometía un “auge”.

La cortina de aranceles “recíprocos” –que, de implementarse, llevarán a Estados Unidos al proteccionismo de la Gran Depresión– le dio más envergadura a la ya histórica seguidilla de decretos de Trump en su nuevo mandato, un blitzkrieg diseñado para romper el orden global, y montar uno nuevo. El trumpismo observa con éxtasis la vocación de arquitecto de su líder. Sus detractores lo viven con furia, pánico y desazón.

Donald Trump muestra su lista de aranceles en el Rosedal de la Casa Blanca. Foto: Andrew Leyden/ZUMA Press Wire/dpa

Fue la jugada más osada de su nueva presidencia: Trump se muestra convencido de que los norteamericanos soportarán pérdidas astronómicas, precios más altos y una recesión con tal de que las empresas vuelvan a producir en el país, un drástico rediseño de la economía global del último medio siglo gobernado por la globalización que, para muchos, es ilusorio, además de ruinoso. La movida arraigó una sensación, cada vez más enquistada, de que, esta vez, Trump va por todo: la velocidad, la voracidad y la magnitud de la disrupción de estos meses ya colocan a su segundo mandato a años luz de su primera estadía en la Casa Blanca.​

Éxodo

A principios de 2017, durante esa primera presidencia de Trump, un profesor de historia de Yale, Timothy Snyder, publicó un libro de apenas 128 páginas, titulado “Sobre la tiranía”, que rápidamente se convirtió en un best seller y en una lectura obligatoria en Washington. Snyder compiló las lecciones más importantes que dejó el último siglo a la hora de enfrentar los autoritarismos y defender la democracia. Ahora, Snyder, junto con su esposa, Marci Shore, y el filosófo Jason Stanley, también profesores de Yale, se van a enseñar a Canadá.

“Siento que el país va en caída libre”, fustigó Shore.

El éxodo de los catedráticos de Yale es otro testimonio del cambio de época que vive Estados Unidos, donde flota una pregunta: si el país ya cruzó un punto sin retorno. La resistencia de antaño ha dado lugar, por ahora, a la negociación, la rendición, el silencio o, para otros, el exilio: una encuesta de la revista Nature reveló que el 75% de los científicos está pensando en irse, y muchos buscan trabajo en Canadá o Europa. No son los únicos.

Todos sabíamos que serían cuatro años muy largos con la habitual avalancha de controversias sobre Trump. Pocos creían que Trump intentaría cambiarlo todo desde el primer día de su nuevo mandato”, resumió Larry Sabato, director del Centro de Política de la Universidad de Virginia.

En esta foto suministrada por la oficina de la Presidencia de El Salvador, se ve a carceleros trasladando a personas deportadas por EEUU a la prisión CECOT en Tecoluca, El Salvador, el domingo 16 de marzo de 2025. (Presidencia de El Salvador vía AP)

El primer mandato de Trump, continuó Sabato, se caracterizó por la continua resistencia de la gente, las organizaciones civiles, los demócratas o la prensa, las empresas, y también de sectores del Partido Republicano. Trump era además un presidente inexperto, sin gente, forzado a gobernar con el establishment republicano.

“Francamente, no sabía lo que hacía. Y algunos de los republicanos tradicionales que nombró para altos cargos fueron barandas que le impidieron irse demasiado a la banquina”, remarcó Sabato. “El segundo mandato no podría ser más diferente. Trump dirige el gobierno como su vehículo personal de venganza y castigo”, definió.

Julian Zelizer, historiador de Princeton, apuntó que ahora el gobierno de Trump está mucho más organizado, es más deliberado y conoce mucho mejor el aparato estatal y los laberintos legales para usar el poder presidencial. Un ejemplo: su política de deportaciones. Y el Grand Old Party, antaño dividido, abandonó la búsqueda de una alternativa y ahora está totalmente alineado detrás de Trump.

“El presidente además teme mucho menos el poder de otras instituciones para detenerlo después de haber sobrevivido la rendición de cuentas por casi todo en su primer mandato”, cerró.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y su hijo Eric llegan al hoyo 9 del LIV Golf Miami

Trump gobierna ahora con sus fieles, sin complejos ni tapujos, sin riendas, y sin límites a la vista. Durante su primer mandato, el mundo seguía en vilo sus tuits, y todo lo que decía. La cantidad de falsedades que desplegó a diario durante los cuatros años que pasó en la Casa Blanca fueron una de las grandes novedades. The Washington Post contó 30.573 declaraciones falsas o engañosas. Ahora, el rasgo más saliente del nuevo mandato ya no es lo que Trump dice –aunque sigue sumando titulares–, sino la vorágine de lo que hace.

En poco más de dos meses, Trump ya firmó más de 100 acciones ejecutivas, un nuevo récord para el arranque de un gobierno. Durante todo su primer mandato, Trump firmó 220. El volumen ha sido una novedad, pero la variedad también: Trump usó su marcador para imponer aranceles, cambiar el nombre del Golfo de México por “Golfo de América”, ampliar la política de deportaciones –sobre la que ya hay denuncias de abusos–, recortar drásticamente el Departamento de Educación, empoderar a Elon Musk, su omnipresente asesor todoterreno, para que pase la motosierra por el gobierno federal, atacar la “cultura woke”, desarmar las políticas de género o de diversidad, equidad e inclusión, o “DEI”, o intervenir el Centro Cultural Kennedy de Washington para liderar la batalla cultural en Estados Unidos.

Fronteras afuera

El segundo gobierno de Trump tiene una notable ambición expansionista –desde Canadá a Groenlandia– y ha mostrado también un desdén con los aliados históricos de Washington en Europa, un sesgo que despuntó en su primer gobierno, pero ahora es más fuerte, abierto y frontal. Una y otra vez, Trump acusó a los europeos de “estafar” a Estados Unidos en el comercio, y de aprovecharse del aparato de defensa de Washington. Su vicepresidente, JD Vance, dijo que “viven de Estados Unidos”; el secretario de Defensa, Pete Hegseth, los tildó de “PATÉTICOS” –en mayúsculas–, y la vocera de Trump, Karoline Leavitt, lanzó desde el atril de la Casa Blanca que los franceses “deberían estar agradecidos que no hablan alemán”. La contracara de ese enfriamiento con Europa es el acercamiento al Kremlin de Vladimir Putin. (Rusia quedó fuera de la lista de aranceles.)

El vínculo de Trump con la prensa, uno de los pilares de Estados Unidos, también cambió de una presidencia a otra. Trump preserva sus ataques a medios mechados con su apetito para responder preguntas de periodistas acreditados en la Casa Blanca –incluido este corresponsal– en el Salón Oval, en el avión presidencial o antes de partir o después de llegar en el helicóptero Marine One desde el jardín sur para “inundar” los canales. Pero su segunda administración fue más allá de la primera; eliminó Voice of America (VOA), uno de los canales públicos, y comenzó a marcar mucho más el acceso al presidente, quitándole poder a la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca, que agrupa a la prensa y hasta ahora decidía qué medios integran el pool de periodistas que sigue a diario y le hace preguntas a Trump, y cómo se distribuían los asientos en la sala de prensa. Ambas decisiones quedaron ahora en manos de Trump.

Un barco pasa por una zona en el mar congelado fuera de Nuuk, Groenlandia, el 6 de marzo de 2025. (AP Foto/Evgeniy Maloletka)

El primer gobierno de Trump tuvo una altísima rotación. Apenas 24 días después de la jura, Trump tuvo la primera renuncia en su gabinete: el entonces asesor de Seguridad Nacional, Michael Flynn, se fue cuando se supo que había mentido sobre sus contactos con Rusia durante la transición. Fue la primera polémica del primer mandato. El escándalo desatado por la cadena de mensajes Signal donde el equipo de seguridad nacional de Trump discutió un plan de ataque a los hutíes en Yemen sin saber que había un periodista en el chat, el editor en jefe de The Atlantic, Jeffrey Goldberg, pasó sin renuncias. El gobierno admitió el error, pero despejó las críticas y negó la filtración de información confidencial, y, por el contrario, atacó sin medias tintas a la prensa, a Goldberg y los demócratas por la historia.

Trump siente que llegó a la Casa Blanca con un “mandato” apuntalado por una victoria que Trump, su anillo de confianza y los republicanos consideran que fue aplastante, histórica. Trump ganó el voto popular, el colegio electoral y los siete estados “pendulares” o swing states que decidieron la presidencia. Si en 2016 su triunfo ante Hillary Clinton cayó como un balde de agua helada que enfureció a medio país, su victoria en 2014 fue menos sorpresiva, pero su amplitud dejó al país atónito.

La única oposición real al gobierno han sido decenas de jueces repartidos en los tribunales del país. Empoderado y confiado, Trump coquetea con la idea de seguir en el poder más allá de su segundo mandato, pese a que la constitución se lo prohíbe expresamente. Hay “métodos”, dijo en una entrevista con la cadena NBC, para circunvalar esa proscripción.

“No estoy bromeando”, aclaró.

Cuando los periodistas le preguntaron, luego de esa entrevista, a bordo del avión presidencial si pensaba seguir en el poder más allá de su período constitucional, Trump dijo que no quería hablar realmente de un tercer mandato, pero igual remarcó, más de una vez, que “mucha gente” y “gente muy importante” le habían dicho que debía volver a presentarse a la presidencia. Trump dijo que el inicio de su segunda presidencia es el mejor inicio de la historia, que el país tuvo “los mejores cien días de casi cualquier presidente”. Su popularidad está a un nivel similar que al comienzo de su gobierno en 2017, según Gallup, pero Trump se siente en un pico. “Tenemos mucho tiempo. Nos quedan casi cuatro años, y eso es mucho tiempo, pero a pesar de eso, mucha gente me dice ‘tiene que volver a presentarse‘”, insistió. “Aman el trabajo que estamos haciendo”, cerró.

 Los aranceles son el último testimonio de la la velocidad y la magnitud de la disrupción que desplegó su segundo gobierno  LA NACION

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