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Por qué las dificultades de aprendizaje derivan en mala conducta

Empezaron las clases en todos los niveles. Algunos chicos fluyen, van contentos, prestan atención, se acuerdan de hacer la tarea, aprenden sin inconvenientes, por lo que se arma adentro de ellos un círculo virtuoso de seguridad, autoestima y confianza en sí mismos y en su capacidad. Como entienden y les sale bien tienen ganas de comprometerse, prestar atención y estudiar, y con esa actitud les va bien, esto refuerza su sensación de capacidad y sus ganas de seguir estudiando y aprendiendo.

Pero lamentablemente esto no les ocurre a todos los chicos, o a veces no para todos los temas que incluye la escolaridad. A algunos les cuesta matemática, a otro lengua, o educación física; a otros quedarse quietos, prestar atención o copiar del pizarrón… A veces por dificultades de aprendizaje y otras porque tienen problemas personales, familiares o de integración social y no tienen la paz interior que necesitan para rendir en el aula.

El problema es que muchos de esos chicos no pueden reconocer lo que les está pasando y creen que ellos son tontos o están fallados, ven que sus compañeros entienden, aprenden, siguen el ritmo de la clase y ellos no lo logran, y empiezan a actuar–inconscientemente– intentando que nadie se dé cuenta de que no alcanzan el nivel del resto, incluso intentando esconder y negar sus dificultades.

A veces se copian del compañero de banco, otras se niegan a trabajar o se distraen, se molestan, interrumpen, se portan mal; a menudo se desaniman, no quieren ir al colegio, vuelven a casa enojados o no quieren hacer la tarea…

Para mayores de 60: ¿qué le pasa al cerebro cuando te jubilás?

No saben que las cosas podrían ser de otra manera, ni que pueden pedir ayuda, ni que ellos no tienen la culpa. Suponen que si sus padres y docentes esperan que puedan, ellos deberían poder, de hecho sus compañeros lo logran. Un ejemplo personal que por suerte no afectó mi rendimiento escolar: tengo miopía, pero recién me di cuenta cuando a los 16 años, sentada en el primer banco de mi clase, no lograba copiar del pizarrón. Mientras tanto para mí los árboles tenían una copa verde entera y con enorme sorpresa, cuando me puse anteojos por primera vez me di cuenta de que se les veían (o se les podían ver) las hojas.

Dislexia, disgrafia, discalculia, ADHD, ADD, problemas de vista, o de audición son los nombres de algunas de las dificultades que pueden presentarse.

Padres y educadores tenemos que estar atentos a ver más allá de la superficie, de lo visible.

A veces se resuelve con una consulta médica, pero en muchos otros casos encontramos “cableados cerebrales” diferentes, no necesariamente discapacidades, que requieren otros métodos para aprender y que tiene un abordaje diferente del mundo, que puede ser muy rico, pero se ve opacado por la sensación de ineptitud que arrastran por el hecho de que los programas de enseñanza escolar están hechos para el cableado estándar, el de la mayoría.

Cantar las tablas

¡Qué importante es que estos chicos descubran su camino personal para el aprendizaje! Ya hace tiempo se habla de las inteligencias múltiples: distintas formas de ser inteligentes y distintos caminos para aprender. Hace muchos años una paciente tenía en la primaria enormes dificultades para memorizar las tablas de multiplicar y eso le traía inconvenientes en el aula, pero memorizaba canciones sin dificultad. ¡Qué maravilloso habría sido que en ese momento sus padres o sus docentes le hubieran enseñado las tablas con canciones (hoy existen pero no hace treinta años), ella habría podido sentirse capaz y habría podido rendir a la par de sus compañeros.

No soy psicopedagoga, no abogo por cambios en programas o formas de enseñar, sí les pido a los adultos a cargo que estén atentos para ver más allá de lo evidente, para encontrar la mejor forma de que cada uno de los chicos se sienta capaz y aprenda.

Que los docentes, sin enojarse, puedan ver qué hay por detrás o por debajo de las conductas de algunos de sus alumnos que no resultan adaptativas, que son en realidad defensas inconscientes ante sus dificultades. Que los docentes cuiden el clima de confianza tanto en el aula como en el recreo para que ninguno este a la defensiva y que les permita a algunos chicos decir “no llego”, “no entiendo”, “no me sale”.

Que los padres estén también atentos a los mensajes no verbales de sus hijos, porque los chicos probablemente no digan “me cuesta”, sino que van a resistirse a ir a la escuela o a hacer la tarea. Y que los padres escuchen a los docentes, quienes no –o no siempre– los llaman para sacarse el problema de encima, sino porque ven con preocupación que su hijo no aprende al mismo ritmo que el resto de sus compañeros, lo ven pasarla mal, que no logra resolverlo solo y buscan armar equipo para entender y acompañarlo.

Detectar a tiempo una dificultad puede cambiar el rumbo de la experiencia escolar

*La autora es psicóloga especializada en crianza

Empezaron las clases en todos los niveles. Algunos chicos fluyen, van contentos, prestan atención, se acuerdan de hacer la tarea, aprenden sin inconvenientes, por lo que se arma adentro de ellos un círculo virtuoso de seguridad, autoestima y confianza en sí mismos y en su capacidad. Como entienden y les sale bien tienen ganas de comprometerse, prestar atención y estudiar, y con esa actitud les va bien, esto refuerza su sensación de capacidad y sus ganas de seguir estudiando y aprendiendo.

Pero lamentablemente esto no les ocurre a todos los chicos, o a veces no para todos los temas que incluye la escolaridad. A algunos les cuesta matemática, a otro lengua, o educación física; a otros quedarse quietos, prestar atención o copiar del pizarrón… A veces por dificultades de aprendizaje y otras porque tienen problemas personales, familiares o de integración social y no tienen la paz interior que necesitan para rendir en el aula.

El problema es que muchos de esos chicos no pueden reconocer lo que les está pasando y creen que ellos son tontos o están fallados, ven que sus compañeros entienden, aprenden, siguen el ritmo de la clase y ellos no lo logran, y empiezan a actuar–inconscientemente– intentando que nadie se dé cuenta de que no alcanzan el nivel del resto, incluso intentando esconder y negar sus dificultades.

A veces se copian del compañero de banco, otras se niegan a trabajar o se distraen, se molestan, interrumpen, se portan mal; a menudo se desaniman, no quieren ir al colegio, vuelven a casa enojados o no quieren hacer la tarea…

Para mayores de 60: ¿qué le pasa al cerebro cuando te jubilás?

No saben que las cosas podrían ser de otra manera, ni que pueden pedir ayuda, ni que ellos no tienen la culpa. Suponen que si sus padres y docentes esperan que puedan, ellos deberían poder, de hecho sus compañeros lo logran. Un ejemplo personal que por suerte no afectó mi rendimiento escolar: tengo miopía, pero recién me di cuenta cuando a los 16 años, sentada en el primer banco de mi clase, no lograba copiar del pizarrón. Mientras tanto para mí los árboles tenían una copa verde entera y con enorme sorpresa, cuando me puse anteojos por primera vez me di cuenta de que se les veían (o se les podían ver) las hojas.

Dislexia, disgrafia, discalculia, ADHD, ADD, problemas de vista, o de audición son los nombres de algunas de las dificultades que pueden presentarse.

Padres y educadores tenemos que estar atentos a ver más allá de la superficie, de lo visible.

A veces se resuelve con una consulta médica, pero en muchos otros casos encontramos “cableados cerebrales” diferentes, no necesariamente discapacidades, que requieren otros métodos para aprender y que tiene un abordaje diferente del mundo, que puede ser muy rico, pero se ve opacado por la sensación de ineptitud que arrastran por el hecho de que los programas de enseñanza escolar están hechos para el cableado estándar, el de la mayoría.

Cantar las tablas

¡Qué importante es que estos chicos descubran su camino personal para el aprendizaje! Ya hace tiempo se habla de las inteligencias múltiples: distintas formas de ser inteligentes y distintos caminos para aprender. Hace muchos años una paciente tenía en la primaria enormes dificultades para memorizar las tablas de multiplicar y eso le traía inconvenientes en el aula, pero memorizaba canciones sin dificultad. ¡Qué maravilloso habría sido que en ese momento sus padres o sus docentes le hubieran enseñado las tablas con canciones (hoy existen pero no hace treinta años), ella habría podido sentirse capaz y habría podido rendir a la par de sus compañeros.

No soy psicopedagoga, no abogo por cambios en programas o formas de enseñar, sí les pido a los adultos a cargo que estén atentos para ver más allá de lo evidente, para encontrar la mejor forma de que cada uno de los chicos se sienta capaz y aprenda.

Que los docentes, sin enojarse, puedan ver qué hay por detrás o por debajo de las conductas de algunos de sus alumnos que no resultan adaptativas, que son en realidad defensas inconscientes ante sus dificultades. Que los docentes cuiden el clima de confianza tanto en el aula como en el recreo para que ninguno este a la defensiva y que les permita a algunos chicos decir “no llego”, “no entiendo”, “no me sale”.

Que los padres estén también atentos a los mensajes no verbales de sus hijos, porque los chicos probablemente no digan “me cuesta”, sino que van a resistirse a ir a la escuela o a hacer la tarea. Y que los padres escuchen a los docentes, quienes no –o no siempre– los llaman para sacarse el problema de encima, sino porque ven con preocupación que su hijo no aprende al mismo ritmo que el resto de sus compañeros, lo ven pasarla mal, que no logra resolverlo solo y buscan armar equipo para entender y acompañarlo.

Detectar a tiempo una dificultad puede cambiar el rumbo de la experiencia escolar

*La autora es psicóloga especializada en crianza

 Mientras algunos comienzan el ciclo lectivo con entusiasmo, otros transitan silenciosamente una lucha interior con dificultades que aún no comprenden  LA NACION

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