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El largo combate contra la corrupción

La Argentina es el país de las paradojas. Asoman por todos lados, pero en ningún ámbito se ofrecen tan pródigas como en la política. Resulta que quienes intentaron colonizar el Poder Judicial cuando fueron gobierno mediante un asedio sistemático a los tribunales, ahora, como paladines de la institucionalidad, impiden que llegue a la Corte Suprema un juez federal sospechado de corrupción e impugnado por su falta de idoneidad. Pero eso no es todo: ese juez, emblema de la casta, denunciado por sus vínculos oscuros con lo peor del poder político, era el candidato al máximo tribunal de un gobierno votado por su promesa electoral de terminar con la defenestrada “casta”. ¿Quién lo entiende? La Argentina es la capital mundial de la paradoja, que florece donde abundan el cinismo y la falta de coherencia.

Aquí nada es lo que parece. Y todo se da vuelta. El líder que venía a rescatarnos del populismo nos devuelve al populismo, con un costo difícil de mensurar. El apego a esos métodos no solo dilapida la oportunidad única que el país tenía tras la devastación kirchnerista, sino que está llevando al Gobierno a cometer sus peores errores. El rechazo que el Senado, con una mayoría de votos kirchneristas, propinó anteayer a los pliegos de Ariel Lijo y Manuel García-Mansilla es acaso la muestra más clara de este tipo de daño autoinfligido, pues exhibe en forma pareja las características en el fondo autodestructivas del gobierno de Javier Milei.

El cóctel de dogmatismo, soberbia y ambición en la cúpula de la administración libertaria le impide al Gobierno el reconocimiento de sus errores

La derrota que los libertarios sufrieron en el Senado es resultado de la obstinación ciega de una administración que no cree en el diálogo ni en los consensos. Al margen de la forma en que buscaron meter por la ventana a estos dos jueces en la Corte, se emperraron en defender una candidatura –la de Lijo– indefendible, ignorando el multitudinario coro de voces autorizadas que objetaban la calidad moral del candidato en cuestión. ¿Cuántos dirigentes libertarios aceptaron devaluarse al justificar este objetivo absurdo en razón del verticalismo que impone Milei? Cuando en agosto pasado el senador oficialista Francisco Paoltroni se pronunció en contra de la nominación de Lijo, fue echado de la Libertad Avanza. Y es uno entre muchos. En el partido de la libertad no hay libertad para manifestarse. Otra paradoja.

El Gobierno no cree en el diálogo porque no cree en la escucha. Por definición, es dueño de la verdad. De allí su incapacidad de establecer alianzas virtuosas con los partidos que le han tendido la mano y su pretensión de ponerlos de rodillas y de cooptar a los que van siempre atrás del dulce. Sin un mínimo de humildad no hay autocrítica posible. El cóctel de dogmatismo, soberbia y ambición en la cúpula de la administración libertaria le impide al Gobierno el reconocimiento de sus errores. ¿Así, cómo enmendarlos? Con un orgullo necio, Milei se jacta de acelerar en las curvas. Y las piñas llegan, indefectibles.

El Gobierno busca aliados para cada objetivo concreto con las mismas armas que han devaluado la política, como el intercambio espurio de favores. Y con quien sea. Profundiza así el deterioro de un sistema de partidos cada vez más fragmentado y falto de ideas, atrapado en la lógica banal de las redes y el impacto mediático. En lugar de reunirse alrededor de un proyecto de país, cada vez son más los políticos que se mueven con desparpajo de un lado a otro tras el calor del poder o la conveniencia electoral. La casta se reafirma.

Otra paradoja: el candidato a juez supremo cuestionado en su calidad moral recibió en el Senado un rechazo menor que el postulante que no tenía reproches en este sentido. Esto quizá no debería sorprender, porque el kirchnerismo, que puso el jueves la mayor cantidad de votos, ya ha demostrado que tolera la corrupción, en especial la propia. Desde su perspectiva, la falta moral reside en todo lo que contradiga su ideología pseudoprogresista, en espejo con el Gobierno, que postuló y defendió a un juez cuestionado en su honestidad mientras su líder califica de “ratas”, “ensobrados” o “excremento humano” a los que no comulgan con su dogma o le hacen alguna crítica, por constructiva que sea.

Pero a no confundirse. En el país de la paradoja, donde todo se da vuelta, las apariencias engañan. Aunque debilitado, el kirchnerismo mantiene vigente su guerra contra el Poder Judicial y busca desacreditarlo como puede: la senadora Anabel Fernández Sagasti acusó al juez supremo Ricardo Lorenzetti de amenazar con la prisión a Cristina Kirchner si los senadores kirchneristas rechazaban el pliego de Lijo. Más allá de la veracidad o no del supuesto apriete, no hay duda de que Lorenzetti, promotor de la candidatura de Lijo, colabora por las suyas con el objetivo de la tropa K. Sin embargo, las razones para la condena definitiva en el caso Vialidad, ya en la Corte tras dos fallos adversos para la expresidenta, se imponen por su propio peso. Por más que la oposición K, ciertos representantes de la Justicia y hasta el propio Gobierno se empeñen en embarrar la cancha. Sin un castigo ejemplar a la corrupción, el país no tiene destino. Esto es lo que está en juego detrás de todo este sainete.

La Argentina es el país de las paradojas. Asoman por todos lados, pero en ningún ámbito se ofrecen tan pródigas como en la política. Resulta que quienes intentaron colonizar el Poder Judicial cuando fueron gobierno mediante un asedio sistemático a los tribunales, ahora, como paladines de la institucionalidad, impiden que llegue a la Corte Suprema un juez federal sospechado de corrupción e impugnado por su falta de idoneidad. Pero eso no es todo: ese juez, emblema de la casta, denunciado por sus vínculos oscuros con lo peor del poder político, era el candidato al máximo tribunal de un gobierno votado por su promesa electoral de terminar con la defenestrada “casta”. ¿Quién lo entiende? La Argentina es la capital mundial de la paradoja, que florece donde abundan el cinismo y la falta de coherencia.

Aquí nada es lo que parece. Y todo se da vuelta. El líder que venía a rescatarnos del populismo nos devuelve al populismo, con un costo difícil de mensurar. El apego a esos métodos no solo dilapida la oportunidad única que el país tenía tras la devastación kirchnerista, sino que está llevando al Gobierno a cometer sus peores errores. El rechazo que el Senado, con una mayoría de votos kirchneristas, propinó anteayer a los pliegos de Ariel Lijo y Manuel García-Mansilla es acaso la muestra más clara de este tipo de daño autoinfligido, pues exhibe en forma pareja las características en el fondo autodestructivas del gobierno de Javier Milei.

El cóctel de dogmatismo, soberbia y ambición en la cúpula de la administración libertaria le impide al Gobierno el reconocimiento de sus errores

La derrota que los libertarios sufrieron en el Senado es resultado de la obstinación ciega de una administración que no cree en el diálogo ni en los consensos. Al margen de la forma en que buscaron meter por la ventana a estos dos jueces en la Corte, se emperraron en defender una candidatura –la de Lijo– indefendible, ignorando el multitudinario coro de voces autorizadas que objetaban la calidad moral del candidato en cuestión. ¿Cuántos dirigentes libertarios aceptaron devaluarse al justificar este objetivo absurdo en razón del verticalismo que impone Milei? Cuando en agosto pasado el senador oficialista Francisco Paoltroni se pronunció en contra de la nominación de Lijo, fue echado de la Libertad Avanza. Y es uno entre muchos. En el partido de la libertad no hay libertad para manifestarse. Otra paradoja.

El Gobierno no cree en el diálogo porque no cree en la escucha. Por definición, es dueño de la verdad. De allí su incapacidad de establecer alianzas virtuosas con los partidos que le han tendido la mano y su pretensión de ponerlos de rodillas y de cooptar a los que van siempre atrás del dulce. Sin un mínimo de humildad no hay autocrítica posible. El cóctel de dogmatismo, soberbia y ambición en la cúpula de la administración libertaria le impide al Gobierno el reconocimiento de sus errores. ¿Así, cómo enmendarlos? Con un orgullo necio, Milei se jacta de acelerar en las curvas. Y las piñas llegan, indefectibles.

El Gobierno busca aliados para cada objetivo concreto con las mismas armas que han devaluado la política, como el intercambio espurio de favores. Y con quien sea. Profundiza así el deterioro de un sistema de partidos cada vez más fragmentado y falto de ideas, atrapado en la lógica banal de las redes y el impacto mediático. En lugar de reunirse alrededor de un proyecto de país, cada vez son más los políticos que se mueven con desparpajo de un lado a otro tras el calor del poder o la conveniencia electoral. La casta se reafirma.

Otra paradoja: el candidato a juez supremo cuestionado en su calidad moral recibió en el Senado un rechazo menor que el postulante que no tenía reproches en este sentido. Esto quizá no debería sorprender, porque el kirchnerismo, que puso el jueves la mayor cantidad de votos, ya ha demostrado que tolera la corrupción, en especial la propia. Desde su perspectiva, la falta moral reside en todo lo que contradiga su ideología pseudoprogresista, en espejo con el Gobierno, que postuló y defendió a un juez cuestionado en su honestidad mientras su líder califica de “ratas”, “ensobrados” o “excremento humano” a los que no comulgan con su dogma o le hacen alguna crítica, por constructiva que sea.

Pero a no confundirse. En el país de la paradoja, donde todo se da vuelta, las apariencias engañan. Aunque debilitado, el kirchnerismo mantiene vigente su guerra contra el Poder Judicial y busca desacreditarlo como puede: la senadora Anabel Fernández Sagasti acusó al juez supremo Ricardo Lorenzetti de amenazar con la prisión a Cristina Kirchner si los senadores kirchneristas rechazaban el pliego de Lijo. Más allá de la veracidad o no del supuesto apriete, no hay duda de que Lorenzetti, promotor de la candidatura de Lijo, colabora por las suyas con el objetivo de la tropa K. Sin embargo, las razones para la condena definitiva en el caso Vialidad, ya en la Corte tras dos fallos adversos para la expresidenta, se imponen por su propio peso. Por más que la oposición K, ciertos representantes de la Justicia y hasta el propio Gobierno se empeñen en embarrar la cancha. Sin un castigo ejemplar a la corrupción, el país no tiene destino. Esto es lo que está en juego detrás de todo este sainete.

 La Argentina es el país de las paradojas. Asoman por todos lados, pero en ningún ámbito se ofrecen tan pródigas como en la política. Resulta que quienes intentaron colonizar el Poder Judicial cuando fueron gobierno mediante un asedio sistemático a los tribunales, ahora, como paladines de la institucionalidad, impiden que llegue a la Corte Suprema un juez federal sospechado de corrupción e impugnado por su falta de idoneidad. Pero eso no es todo: ese juez, emblema de la casta, denunciado por sus vínculos oscuros con lo peor del poder político, era el candidato al máximo tribunal de un gobierno votado por su promesa electoral de terminar con la defenestrada “casta”. ¿Quién lo entiende? La Argentina es la capital mundial de la paradoja, que florece donde abundan el cinismo y la falta de coherencia.Aquí nada es lo que parece. Y todo se da vuelta. El líder que venía a rescatarnos del populismo nos devuelve al populismo, con un costo difícil de mensurar. El apego a esos métodos no solo dilapida la oportunidad única que el país tenía tras la devastación kirchnerista, sino que está llevando al Gobierno a cometer sus peores errores. El rechazo que el Senado, con una mayoría de votos kirchneristas, propinó anteayer a los pliegos de Ariel Lijo y Manuel García-Mansilla es acaso la muestra más clara de este tipo de daño autoinfligido, pues exhibe en forma pareja las características en el fondo autodestructivas del gobierno de Javier Milei.El cóctel de dogmatismo, soberbia y ambición en la cúpula de la administración libertaria le impide al Gobierno el reconocimiento de sus erroresLa derrota que los libertarios sufrieron en el Senado es resultado de la obstinación ciega de una administración que no cree en el diálogo ni en los consensos. Al margen de la forma en que buscaron meter por la ventana a estos dos jueces en la Corte, se emperraron en defender una candidatura –la de Lijo– indefendible, ignorando el multitudinario coro de voces autorizadas que objetaban la calidad moral del candidato en cuestión. ¿Cuántos dirigentes libertarios aceptaron devaluarse al justificar este objetivo absurdo en razón del verticalismo que impone Milei? Cuando en agosto pasado el senador oficialista Francisco Paoltroni se pronunció en contra de la nominación de Lijo, fue echado de la Libertad Avanza. Y es uno entre muchos. En el partido de la libertad no hay libertad para manifestarse. Otra paradoja.El Gobierno no cree en el diálogo porque no cree en la escucha. Por definición, es dueño de la verdad. De allí su incapacidad de establecer alianzas virtuosas con los partidos que le han tendido la mano y su pretensión de ponerlos de rodillas y de cooptar a los que van siempre atrás del dulce. Sin un mínimo de humildad no hay autocrítica posible. El cóctel de dogmatismo, soberbia y ambición en la cúpula de la administración libertaria le impide al Gobierno el reconocimiento de sus errores. ¿Así, cómo enmendarlos? Con un orgullo necio, Milei se jacta de acelerar en las curvas. Y las piñas llegan, indefectibles.El Gobierno busca aliados para cada objetivo concreto con las mismas armas que han devaluado la política, como el intercambio espurio de favores. Y con quien sea. Profundiza así el deterioro de un sistema de partidos cada vez más fragmentado y falto de ideas, atrapado en la lógica banal de las redes y el impacto mediático. En lugar de reunirse alrededor de un proyecto de país, cada vez son más los políticos que se mueven con desparpajo de un lado a otro tras el calor del poder o la conveniencia electoral. La casta se reafirma.Otra paradoja: el candidato a juez supremo cuestionado en su calidad moral recibió en el Senado un rechazo menor que el postulante que no tenía reproches en este sentido. Esto quizá no debería sorprender, porque el kirchnerismo, que puso el jueves la mayor cantidad de votos, ya ha demostrado que tolera la corrupción, en especial la propia. Desde su perspectiva, la falta moral reside en todo lo que contradiga su ideología pseudoprogresista, en espejo con el Gobierno, que postuló y defendió a un juez cuestionado en su honestidad mientras su líder califica de “ratas”, “ensobrados” o “excremento humano” a los que no comulgan con su dogma o le hacen alguna crítica, por constructiva que sea.Pero a no confundirse. En el país de la paradoja, donde todo se da vuelta, las apariencias engañan. Aunque debilitado, el kirchnerismo mantiene vigente su guerra contra el Poder Judicial y busca desacreditarlo como puede: la senadora Anabel Fernández Sagasti acusó al juez supremo Ricardo Lorenzetti de amenazar con la prisión a Cristina Kirchner si los senadores kirchneristas rechazaban el pliego de Lijo. Más allá de la veracidad o no del supuesto apriete, no hay duda de que Lorenzetti, promotor de la candidatura de Lijo, colabora por las suyas con el objetivo de la tropa K. Sin embargo, las razones para la condena definitiva en el caso Vialidad, ya en la Corte tras dos fallos adversos para la expresidenta, se imponen por su propio peso. Por más que la oposición K, ciertos representantes de la Justicia y hasta el propio Gobierno se empeñen en embarrar la cancha. Sin un castigo ejemplar a la corrupción, el país no tiene destino. Esto es lo que está en juego detrás de todo este sainete.  LA NACION

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