Un año sin el papa Francisco

Se cumple un año de la muerte del papa Francisco, y todavía me cuesta escribir estas líneas sin sentir que algo profundamente humano y espiritual se me escapa entre las manos. Porque más allá de su rol como líder de la Iglesia universal, para mí fue también un pastor cercano, un confesor, alguien que supo mirar mi alma en silencio y ayudarme a ordenarla cuando todo alrededor parecía ruido.
Nuestra relación nació en Buenos Aires, cuando todavía era el padre Jorge. En aquellos encuentros, simples en apariencia, aprendí que la fe no se declama: se vive. Me enseñó que Dios no se impone, se propone; que la misericordia no es una idea, es una práctica concreta. Su manera de escuchar, sin apuro, sin juzgar, fue quizás su primer gran acto de liderazgo espiritual: hacerle sentir al otro que su vida importa.
Con el tiempo, la vida lo llevó a Roma y a mí por otros caminos, pero ese vínculo nunca se rompió. Pude visitarlo varias veces en el Vaticano, ya como papa, y en cada encuentro confirmé lo mismo: no había cambiado. Seguía siendo ese hombre austero, profundamente libre, que no buscaba agradar sino ser fiel. En un mundo que muchas veces confunde liderazgo con poder, él encarnó algo distinto: autoridad nacida de la coherencia.
Su papado tuvo innumerables méritos, pero si tuviera que resumirlos, diría que su mayor aporte fue devolver a la Iglesia al corazón del Evangelio. Nos recordó, una y otra vez, que el cristianismo no es una estructura, sino un encuentro. Que antes que normas están las personas. Que antes que condenas está la misericordia.
Fue el papa de las periferias. No como consigna, sino como opción real. Llevó la mirada de la Iglesia hacia los descartados, hacia los que no tienen voz, hacia los que viven en los márgenes. Nos incomodó, porque nos obligó a preguntarnos si nuestra fe estaba demasiado cómoda. Nos recordó que una Iglesia encerrada se enferma, y que salir al encuentro del otro no es opcional, es esencial.
También fue un líder que abrazó la complejidad de su tiempo sin perder la esencia. Enfrentó tensiones internas, críticas, resistencias. Pero nunca dejó de sostener una idea central: la unidad no es uniformidad. Supo convivir con la diversidad dentro de la Iglesia sin renunciar a la verdad, entendiendo que el camino de la fe es siempre un proceso, nunca una imposición inmediata.
Su encíclica Laudato si’ fue otro hito, no solo para la Iglesia, sino para el mundo. Allí mostró que la espiritualidad no está separada de la realidad, que cuidar la casa común es también un acto de fe. Nos invitó a mirar la creación no como recurso, sino como don. Y en un tiempo marcado por la crisis ambiental, su voz fue profética.
Pero más allá de sus textos y decisiones, su mayor legado fue su testimonio. Un hombre que eligió la sencillez en medio del poder. Que habló de humildad y vivió con humildad. Que pidió rezar por él desde el primer día, reconociéndose necesitado de los demás. Ese gesto, aparentemente pequeño, fue profundamente revolucionario.
En lo personal, su acompañamiento fue decisivo en momentos difíciles de mi vida. En medio de la enfermedad de Luz, encontré en sus palabras y en su mirada una forma distinta de entender el sufrimiento. No como castigo, sino como un lugar posible de encuentro con Dios. Me enseñó, sin decirlo explícitamente, que incluso en la fragilidad hay una forma de misión. Y sin saberlo me estaba preparando para la ELA.
A un año de su partida, su ausencia se siente. Se siente en el mundo, y se siente en lo más íntimo de quienes tuvimos la gracia de conocerlo de cerca. Pero también se siente su presencia, porque su legado sigue vivo en cada gesto de misericordia, en cada acto de servicio, en cada decisión tomada desde el amor y no desde el miedo. Su vida fue un recordatorio permanente de que el liderazgo espiritual no consiste en tener todas las respuestas, sino en saber hacia dónde mirar: hacia Cristo. Y desde ahí, caminar con otros, especialmente con los que más sufren.
Como católico sé que los planes de Dios son perfectos y que papa León XIV es el mejor para este momento de nuestra Iglesia, pero como ser humano lo voy a seguir extrañando.
Se cumple un año de la muerte del papa Francisco, y todavía me cuesta escribir estas líneas sin sentir que algo profundamente humano y espiritual se me escapa entre las manos. Porque más allá de su rol como líder de la Iglesia universal, para mí fue también un pastor cercano, un confesor, alguien que supo mirar mi alma en silencio y ayudarme a ordenarla cuando todo alrededor parecía ruido.
Nuestra relación nació en Buenos Aires, cuando todavía era el padre Jorge. En aquellos encuentros, simples en apariencia, aprendí que la fe no se declama: se vive. Me enseñó que Dios no se impone, se propone; que la misericordia no es una idea, es una práctica concreta. Su manera de escuchar, sin apuro, sin juzgar, fue quizás su primer gran acto de liderazgo espiritual: hacerle sentir al otro que su vida importa.
Con el tiempo, la vida lo llevó a Roma y a mí por otros caminos, pero ese vínculo nunca se rompió. Pude visitarlo varias veces en el Vaticano, ya como papa, y en cada encuentro confirmé lo mismo: no había cambiado. Seguía siendo ese hombre austero, profundamente libre, que no buscaba agradar sino ser fiel. En un mundo que muchas veces confunde liderazgo con poder, él encarnó algo distinto: autoridad nacida de la coherencia.
Su papado tuvo innumerables méritos, pero si tuviera que resumirlos, diría que su mayor aporte fue devolver a la Iglesia al corazón del Evangelio. Nos recordó, una y otra vez, que el cristianismo no es una estructura, sino un encuentro. Que antes que normas están las personas. Que antes que condenas está la misericordia.
Fue el papa de las periferias. No como consigna, sino como opción real. Llevó la mirada de la Iglesia hacia los descartados, hacia los que no tienen voz, hacia los que viven en los márgenes. Nos incomodó, porque nos obligó a preguntarnos si nuestra fe estaba demasiado cómoda. Nos recordó que una Iglesia encerrada se enferma, y que salir al encuentro del otro no es opcional, es esencial.
También fue un líder que abrazó la complejidad de su tiempo sin perder la esencia. Enfrentó tensiones internas, críticas, resistencias. Pero nunca dejó de sostener una idea central: la unidad no es uniformidad. Supo convivir con la diversidad dentro de la Iglesia sin renunciar a la verdad, entendiendo que el camino de la fe es siempre un proceso, nunca una imposición inmediata.
Su encíclica Laudato si’ fue otro hito, no solo para la Iglesia, sino para el mundo. Allí mostró que la espiritualidad no está separada de la realidad, que cuidar la casa común es también un acto de fe. Nos invitó a mirar la creación no como recurso, sino como don. Y en un tiempo marcado por la crisis ambiental, su voz fue profética.
Pero más allá de sus textos y decisiones, su mayor legado fue su testimonio. Un hombre que eligió la sencillez en medio del poder. Que habló de humildad y vivió con humildad. Que pidió rezar por él desde el primer día, reconociéndose necesitado de los demás. Ese gesto, aparentemente pequeño, fue profundamente revolucionario.
En lo personal, su acompañamiento fue decisivo en momentos difíciles de mi vida. En medio de la enfermedad de Luz, encontré en sus palabras y en su mirada una forma distinta de entender el sufrimiento. No como castigo, sino como un lugar posible de encuentro con Dios. Me enseñó, sin decirlo explícitamente, que incluso en la fragilidad hay una forma de misión. Y sin saberlo me estaba preparando para la ELA.
A un año de su partida, su ausencia se siente. Se siente en el mundo, y se siente en lo más íntimo de quienes tuvimos la gracia de conocerlo de cerca. Pero también se siente su presencia, porque su legado sigue vivo en cada gesto de misericordia, en cada acto de servicio, en cada decisión tomada desde el amor y no desde el miedo. Su vida fue un recordatorio permanente de que el liderazgo espiritual no consiste en tener todas las respuestas, sino en saber hacia dónde mirar: hacia Cristo. Y desde ahí, caminar con otros, especialmente con los que más sufren.
Como católico sé que los planes de Dios son perfectos y que papa León XIV es el mejor para este momento de nuestra Iglesia, pero como ser humano lo voy a seguir extrañando.
Se cumple un año de la muerte del papa Francisco, y todavía me cuesta escribir estas líneas sin sentir que algo profundamente humano y espiritual se me escapa entre las manos. Porque más allá de su rol como líder de la Iglesia universal, para mí fue también un pastor cercano, un confesor, alguien que supo mirar mi alma en silencio y ayudarme a ordenarla cuando todo alrededor parecía ruido.Nuestra relación nació en Buenos Aires, cuando todavía era el padre Jorge. En aquellos encuentros, simples en apariencia, aprendí que la fe no se declama: se vive. Me enseñó que Dios no se impone, se propone; que la misericordia no es una idea, es una práctica concreta. Su manera de escuchar, sin apuro, sin juzgar, fue quizás su primer gran acto de liderazgo espiritual: hacerle sentir al otro que su vida importa.Con el tiempo, la vida lo llevó a Roma y a mí por otros caminos, pero ese vínculo nunca se rompió. Pude visitarlo varias veces en el Vaticano, ya como papa, y en cada encuentro confirmé lo mismo: no había cambiado. Seguía siendo ese hombre austero, profundamente libre, que no buscaba agradar sino ser fiel. En un mundo que muchas veces confunde liderazgo con poder, él encarnó algo distinto: autoridad nacida de la coherencia.Su papado tuvo innumerables méritos, pero si tuviera que resumirlos, diría que su mayor aporte fue devolver a la Iglesia al corazón del Evangelio. Nos recordó, una y otra vez, que el cristianismo no es una estructura, sino un encuentro. Que antes que normas están las personas. Que antes que condenas está la misericordia.Fue el papa de las periferias. No como consigna, sino como opción real. Llevó la mirada de la Iglesia hacia los descartados, hacia los que no tienen voz, hacia los que viven en los márgenes. Nos incomodó, porque nos obligó a preguntarnos si nuestra fe estaba demasiado cómoda. Nos recordó que una Iglesia encerrada se enferma, y que salir al encuentro del otro no es opcional, es esencial.También fue un líder que abrazó la complejidad de su tiempo sin perder la esencia. Enfrentó tensiones internas, críticas, resistencias. Pero nunca dejó de sostener una idea central: la unidad no es uniformidad. Supo convivir con la diversidad dentro de la Iglesia sin renunciar a la verdad, entendiendo que el camino de la fe es siempre un proceso, nunca una imposición inmediata.Su encíclica Laudato si’ fue otro hito, no solo para la Iglesia, sino para el mundo. Allí mostró que la espiritualidad no está separada de la realidad, que cuidar la casa común es también un acto de fe. Nos invitó a mirar la creación no como recurso, sino como don. Y en un tiempo marcado por la crisis ambiental, su voz fue profética.Pero más allá de sus textos y decisiones, su mayor legado fue su testimonio. Un hombre que eligió la sencillez en medio del poder. Que habló de humildad y vivió con humildad. Que pidió rezar por él desde el primer día, reconociéndose necesitado de los demás. Ese gesto, aparentemente pequeño, fue profundamente revolucionario.En lo personal, su acompañamiento fue decisivo en momentos difíciles de mi vida. En medio de la enfermedad de Luz, encontré en sus palabras y en su mirada una forma distinta de entender el sufrimiento. No como castigo, sino como un lugar posible de encuentro con Dios. Me enseñó, sin decirlo explícitamente, que incluso en la fragilidad hay una forma de misión. Y sin saberlo me estaba preparando para la ELA.A un año de su partida, su ausencia se siente. Se siente en el mundo, y se siente en lo más íntimo de quienes tuvimos la gracia de conocerlo de cerca. Pero también se siente su presencia, porque su legado sigue vivo en cada gesto de misericordia, en cada acto de servicio, en cada decisión tomada desde el amor y no desde el miedo. Su vida fue un recordatorio permanente de que el liderazgo espiritual no consiste en tener todas las respuestas, sino en saber hacia dónde mirar: hacia Cristo. Y desde ahí, caminar con otros, especialmente con los que más sufren.Como católico sé que los planes de Dios son perfectos y que papa León XIV es el mejor para este momento de nuestra Iglesia, pero como ser humano lo voy a seguir extrañando. LA NACION




